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Pensamientos

Pensamientos Marian Briceño Quería. De verdad quería volverlo a hacer. Pero nada salía. No había inspiración, no había palabras. ¿Se habría quedado sin imaginación? ¿Sin creatividad? Le había costado demasiado adaptarse a su nueva vida, a su nueva rutina; sin embargo,poco a poco se fue adaptando, y con el paso del tiempo se dio cuenta que por algo tenía que empezar, así que volvió a leer. No le costó demasiado volver a ese hábito de abrir un libro y olerlo con emoción, tocar la portada de aquella obra maestra, y perderse en ese otro universo —y ahora, también leía en otro idioma, lo que la hacía sentir mejor consigo misma. Se sentía poderosa—. No obstante, era sentarse frente a la computadora y solo el vacío llegaba a su mente. ¿Se le habían acabado las preguntas? ¿Se quedó sin palabras? Tanto que decir, tanto que plasmar, tanto que enseñar y solo bastaba agarrar un lápiz y quedarse en blanco. Tiesa, como un muñeco de cera. Era una sensación bastante agobiante. Sentarse y no poder solt...

La pesadilla californiana

  La pesadilla californiana Por: Marián Briceño Una nunca está preparada para los cambios de la vida. Buenos o malos, por más que te repitas frente al espejo que puedes hacerlo, que estás abierta a lo que te depara el mundo, el destino, el universo… o el mismísimo Dios, que, estoy más que convencida de que si baja en carne y hueso a decirte: 一por aquí no es, es por aquí一. Así como yo, lo llenarías de argumentos y frases incoherentes de por qué él está equivocado. Sería algo así como: ¡No, Dios! ¡Que no! ¡Que yo ya fui por ahí y me parece que no es! Dios, no voy a dejar el trabajo que tengo por esa oferta buenísima, ¿y si no va bien? Tengo cuentas que pagar. ¡Que no voy a dejar a Luis Alberto, él va a cambiar. El empujón fue un error de cálculos! Somos voluntariosos.  Nos la pasamos pidiendo iluminación sin estar abiertos a mover un dedo para conseguirlos, sin hacernos responsables. Vivimos pidiendo un resultado distinto a la vida o un cambio de acción. Imploramos al maestro Bu...

¿Cuándo es la última vez?

  ¿Cuándo es la última vez? Por Marián Briceño Los ojos se le abrieron impresionados al ver el positivo casi sobresalir de aquella prueba de embarazo.  Hay ciertas ocasiones en las que las emociones pueden desbordar a una persona. En el caso de Lucía, no podía contener las lágrimas del pesar y el sinsabor de lo que conllevaba un embarazo. Más cuando no es deseado. Afuera la esperaba Luis Enrique, ansioso y deseoso de un resultado contrario al obtenido. Tembló al imaginar los gritos y la culpa, los manotazos al aire y el futuro golpe a cualquier superficie cercana. ¿Podría botar la prueba y fingir demencia? ¿Romper la pantallita sin consecuencias? Cualquiera de esas opciones la llevaría a lo mismo, era un callejón sin salida.  Se quedó sentada en el inodoro mirando la nada. Saboreó el amargo de la culpa en su garganta. Pudo haberse cuidado. Estar pendiente de su ciclo, prestar atención a la aplicación de su teléfono que le notificaba cuándo no era bueno tener relaciones o ...

Penumbras

Penumbras Por Marián Briceño Las nueve y cincuenta de la noche marcadas en el reloj de pared le avisaba que faltaban apenas diez minutos para que acabara su turno. El repiqueteo constante de su bolígrafo sobre la mesa demostraba cuán cansada estaba y lo mucho que quería llegar a casa. Eva comenzó a sentir el miedo y la ansiedad correr por sus venas. El trabajo en la oficina, para ella, era solitario y a veces muy frustrante. Su vida era monótona y rutinaria. Consistía en despertar a las siete de la mañana, asearse, hacer el desayuno, salir de casa, agarrar el metro que la dejaba a dos cuadras larguísimas de su trabajo y luego sentarse a contestar llamadas hasta las diez de la noche. Caminar las mismas dos cuadras, esperar el metro y regresar a casa, hacer su almuerzo, cenar cualquier tontería y dormir. Entendía su soledad. La odiaba, pero era parte de su rutina. Una llamada más la sacó de su pensamiento. Estaba sola. En todo el lugar, lo único que se escuchó fue el tono de llamada más ...

Rumores

  Rumores Por Marián Briceño Pancho, ahí están los gritos otra vez. ¿Los escuchas? Eso es que de seguro la vecina le está reclamando al marido por mujeriego, ¿verdad? ¿Tú qué crees? Bueno, seguramente no crees nada, porque es que nunca respondes. Tienes tantos años sin hablarme que ya me preocupa que algo esté bien en tu cerebro, pero bueno. Creo que eso no es lo importante. ¿O tal vez sí y nunca hice nada al respecto? Pancho, ¿escuchaste? Eso seguro es que la mujer revisó el teléfono, consiguió algo y lo lanzó contra la pared. Yo sabía. Ese hombre siempre “tan tirado de santo”, el pobrecito, el mártir, y tantas veces que llegaba tarde y oliendo a azucena. ¿Que cómo lo sé? Bueno, porque desde la ventana podía olerlo, Pancho. Estoy segura de que sí. Y María Milagros, pobrecita, ella no huele así, ella huele a otras especies menos… floreadas, por decirlo así. ¿Nunca la oliste? ¡Pero qué pregunta! Tu no hueles, tienes muchos años que no hueles nada. ¿Te estás muriendo, Pancho? ¿Me vas...

El sabor de una despedida

  El sabor de una despedida. Por Marián Briceño Pude saborear el salado de las lágrimas que se salían de la comisura de mis ojos escapando de mi control. Pegué una mano al vidrio queriendo traspasarlo. No tenía que estar ahí, sabía que no era lo correcto. Sin embargo, era inevitable no hacerlo. La otra mano fue directo al pecho intentando serenar mi acelerada respiración.  «¿Me estoy quedando sin aire?», me pregunté mientras observaba cómo se alejaba de mí sin poder evitarlo. Sin poder hacer nada para remediarlo.  Un sordo gemido salió de la profundidad de mi garganta, mientras que más lágrimas continuaban su viaje hacia el canalillo entre mis pechos por la ansiedad de sentir que no tenía opciones ni estaba en mis manos hacerlo diferente. Tenía frío. Mucho frío. De ese que se cuela en tus huesos y te paraliza. 一Por favor, no te vayas, Sebastián 一susurré inaudible, empañando aquel detestable cristal que me separaba del amor de mi vida. Como cosa del destino, él volteó. Sus...

Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán.

  Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán. Por Marián Briceño El aire se estaba acabando. Lo sentía en sus pulmones ardidos, en la forma en que cada vez le costaba más respirar. Inmóvil, intentaba no mover ni un músculo para ahorrar el poco oxígeno que le quedaba. Sin querer, lágrimas desesperadas y llenas de ansiedad le salían por la comisura de sus ojos que no distinguían más que negro y madera. En cada parpadeo veía destellos de luz. No podía respirar, le ardían los pulmones. Aspiraba seco. Gotas infinitas de sudor descendían por su rostro, pecho y espalda. Paulina pensó que con cortas bocanadas de aire lograría aguantar un poco más. No quería rendirse, pero era tan difícil. En el mundo hay personas como ella que se encuentran tan aferradas a la vida que no saben cuándo es el momento de someterse, de ceder el control. Giró la cabeza hacia la derecha y tras un suspiro entrecortado lo entendió. Estaba tan cansada. En 1800, las niñas bien educadas no podían sugerir nada que...

Somos niños perdidos...

  Somos niños perdidos... Marián Briceño «Bum. Bum. Bum. Bum». Mi corazón late con fuerza, tanta que lo escucho hasta en mis oídos. Puedo escuchar la respiración agitarse y ser consciente de los ligeros e involuntarios temblores de mis manos. Siento la bilis subir y bajar sin control. El sudor frío de mi frente es un recordatorio de la fiebre que debo controlar.  No sé cuánto tiempo llevo mirándome en el sucio y roto espejo. Sin moverme, detenida, como suspendida en el tiempo… mirando sin mirar. La bruma en mis ojos es tan intensa que más allá de mi reflejo solo veo una mancha borrosa que se confunde con las que ya tiene. Lágrimas siguen cayendo sin control, pero ya no me molesto en limpiarlas, las dejo fluir.  Un hipido se me escapa mientras me aferro al lavamanos con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos pese a la inmundicia de mis manos. Agacho la mirada conteniendo los gemidos. El dolor es tan intenso que no puedo respirar.  Alzo de nuevo la mirada e i...

Vicisitudes de un amor tóxico

  Vicisitudes de un amor tóxico. Marián Briceño Cristina vomitó por tercera vez, ¿o era la cuarta? en ese inodoro lleno de flujos y sustancias ilícitas 一y otras que quizás no tanto一. Ella sabía que debía salir de allí e irse a su casa. Sin embargo, sentía que no había poder humano en esta tierra ni en ningún universo paralelo que la levantara de allí. Era bastante consciente de que nadie más que ella era la responsable de encontrarse en ese estado. Su amiga Laura se lo advirtió. No obstante, cuando a una mujer terca y tóxica, como ella, se le mete entre ceja y ceja perseguir al ex, esas son las consecuencias que puede sufrir luego de intentar llamar su atención y descubrirlo “con las manos en la masa  «trasero» de otra”. No sabía dónde se había metido Mateo, pero había algo en ella que la empujaba a salir y buscarlo, como una desesperación que rozaba la ansiedad acelerando también su respiración. Si enfocaba su atención en otra cosa que no fuese el vómito, sabría que las manos...

El valor de decirte adiós

El valor de decirte adiós Marián Briceño 一Pero entendí que en esta vida no, mi amor. 一Leí en un susurro mientras ponía el punto y final a la carta de despedida que acabo de escribir. Con nostalgia inhalo el olor a madera y desinfectante del apartamento en un suspiro lleno de desasosiego. Mirando con despecho la hoja de papel, comprendí que es muy complicado decir adiós. Más de lo que pensamos, y a veces no queremos aceptarlo. Los seres humanos somos demasiado tercos, demasiado voluntariosos; pero eventualmente llega un punto en la vida... llámese momentos, circunstancias o experiencias en el que debemos entender, comprender y aceptar que nada es para siempre. Todo tiene un inicio y un final.  No quería levantarme de la mesa de la cocina. En realidad, me quedé perdida en el limbo observando aquellas ollas desiguales que colgamos en cualquier lugar del techo. Estábamos recién mudados. Sin conversar previamente, decidimos que ese sería nuestro espacio de libertad, de amor y creativida...

Hay algo curioso…

  Hay algo curioso… Marián Briceño Hay algo curioso en las ciudades grandes como Nueva York, porque pueden despertarte un intenso sentimiento entre amor y odio. Hay algo curioso en las ciudades grandes, porque pueden hacer que te pierdas en cualquier esquina y salir de ella sin saber dónde estás. O hacer que te encuentres con el amor de tu vida. Hay algo en las grandes ciudades, porque hay música, ruido, conciertos… pero también hay silencios y soledad... Siempre dual, siempre en equilibrio, como la vida misma. Quisiera decir que algo de eso siento en este momento, pero mentiría. Ahora solo siento frío. Mucho frío. Quisiera decir que tengo algún pensamiento rondando por mi mente encontrando ese equilibrio y dualidad, pero mentiría. Mi mente está tan callada que no sé qué esperar de mí. Ni siquiera notas, ni crescendos. Solo frío. Quisiera decir que me gustaría glissar mi piano como tantas veces hago en momentos de ansiedad, pero no puedo.  Mirando hacia una esquina de la sala ...

Anomalías de una mente anciana

  Anomalías de una mente anciana Marián Briceño Con una sonrisa siniestra y retorcida, Héctor revolvía con dificultad el whisky de un lado a otro con su mano izquierda ensangrentada. A sus pies yacía el cuerpo inerte de quien tanto daño le había hecho. Sobre su rodilla el arma homicida, que, parsimoniosa y dulcemente acariciaba con la yema de los dedos. Por fin había logrado su objetivo.  El silbido de la tetera le recordaba que el día había comenzado. Como de costumbre, se preparaba para salir a laborar. Despertándose de su ensoñación sacudió la cabeza. Tras pedirle permiso a sus huesos, y luego de refunfuñar unas malas palabras, apoyó su mano sobre el brazo del sofá para levantarse. Escuchó y sintió cada una de sus vértebras y huesos quejarse por el brusco movimiento. Arrastrando sus rotas pantuflas y tras pasar por un lado de la biblia abierta en el Salmo 23, llegó a la tetera que tenía tantos años como él. Apagó la cocina, sacó el sobrecito de té 一de dudosa procedencia一, y...