El sabor de una despedida
El sabor de una despedida.
Por Marián Briceño
Pude saborear el salado de las lágrimas que se salían de la comisura de mis ojos escapando de mi control. Pegué una mano al vidrio queriendo traspasarlo. No tenía que estar ahí, sabía que no era lo correcto. Sin embargo, era inevitable no hacerlo. La otra mano fue directo al pecho intentando serenar mi acelerada respiración.
«¿Me estoy quedando sin aire?», me pregunté mientras observaba cómo se alejaba de mí sin poder evitarlo. Sin poder hacer nada para remediarlo.
Un sordo gemido salió de la profundidad de mi garganta, mientras que más lágrimas continuaban su viaje hacia el canalillo entre mis pechos por la ansiedad de sentir que no tenía opciones ni estaba en mis manos hacerlo diferente. Tenía frío. Mucho frío. De ese que se cuela en tus huesos y te paraliza.
一Por favor, no te vayas, Sebastián 一susurré inaudible, empañando aquel detestable cristal que me separaba del amor de mi vida.
Como cosa del destino, él volteó. Sus ojos se conectaron con los míos por algunos infinitos segundos. Interminables, a decir verdad.
El ruido sordo del aeropuerto que consta de ecos de voces e interfonos se convertiría en eso que odiaría para siempre a partir de hoy. Quería correr, gritar, llorar, aullarle a la luna, al sol o al mismísimo avión porque me lo arrebataron. Se estaba yendo de mí lado. No podía hacer nada.
Con la mirada perdida en él me encontré anhelando un futuro diferente, decisiones diferentes, actitudes diferentes. Quizás si hubiese sido más abierta a entenderlo. Quizás si hubiese escuchado más. ¿Tal vez me estaba pidiendo a gritos algo distinto, cambiar? Sea lo que fuere, ya no importa. Ahora queda vivir con los recuerdos, esos que prometían una historia diferente, esos susurros de dos amantes enamorados que entrelazados entre las sábanas juraban que harían lo que fuera por mantener viva la llama…
一¿Me prometes que todo está bien? 一Era la décima cuarta vez que le preguntaba esa semana. Lo notaba diferente. Él sonreía, pero no era sincero, ella lo intuía一. ¿Lo prometes, Sebastián?
一Sí, Fabiana, lo prometo. 一Su voz cansina confirmaba que yo tenía la razón. Y me negué a aceptarlo. Lo llevé a un rincón oscuro de mi mente, donde guardo aquello a lo que no quiero prestar atención, una carpeta llamada: Experta en evasión.
Pronto mis miedos se hicieron cargo y con el tiempo, días, me dieron la razón.
Una semana después de esa falsa promesa me enteré que Sebastián se iba definitivamente al otro lado del mundo. Sin consultarlo, sin notificarlo. Él simplemente hizo las maletas y me dejó. Se fue con un mensaje de texto como despedida. “Tengo que irme. Es lo mejor para los dos”. No podía quedarme así, por lo que bastó una llamada a mi ex suegra y par de excusas baratas para preguntar qué planeaba y lo busqué. Tenía que dar ese último paso. Un último esfuerzo. Sebastián ya había pasado la seguridad del aeropuerto. Su avión estaba ahí esperando por él. Lo odié.
Yo solo podía suplicar.
一Por favor, no te vayas, Sebastián.
Él alzó la mano a modo de despedida y fue el susurro que salió de sus labios lo que me rompió el corazón en tantos pedazos que me dejó sin aire. Como una patada en el centro del pecho que te paraliza y te dispara hacia atrás a su vez. En ese momento lo entendí. Tenía que dejarlo ir. Con esas dos palabras no pronunciadas saboreé la despedida, saboreé su último adiós.
一Lo siento.
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