Una mente perturbada
Una mente perturbada Por Marián Briceño Como todas las mañanas, Salvador preparaba una taza de café bien fuerte para empezar el día. Mientras colaba, él se quedaba mirando por la ventana aquella avenida poco transitada observando la escasa gente ir de aquí para allá con bastante prisa. En ocasiones se preguntaba por qué la gente iba tan rápido sin contemplar. Porque sí, él era un amante de la contemplación. Bien podría durar horas admirando un paisaje incluso por más de una vez. Además le encantaba el pueblo, porque aunque a veces fuese bastante indiscreto, Salvador tenía la virtud de ser muy querido por todos. Esa mañana bebía de su humeante café, sentado en su butaca de tela favorita mientras pensaba en su día, en cómo sería y en sus actividades. Para él, todos los días eran iguales: cocinar, lavar, arreglar el frente, abrir su negocio de venta de dulces y luego el sótano. Le gustaba ir a ese lugar que tantísimos años había compartido con su amada Dulce. La nostalgia apre...