Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán.
Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán.
Por Marián Briceño
El aire se estaba acabando. Lo sentía en sus pulmones ardidos, en la forma en que cada vez le costaba más respirar. Inmóvil, intentaba no mover ni un músculo para ahorrar el poco oxígeno que le quedaba. Sin querer, lágrimas desesperadas y llenas de ansiedad le salían por la comisura de sus ojos que no distinguían más que negro y madera. En cada parpadeo veía destellos de luz. No podía respirar, le ardían los pulmones. Aspiraba seco. Gotas infinitas de sudor descendían por su rostro, pecho y espalda. Paulina pensó que con cortas bocanadas de aire lograría aguantar un poco más. No quería rendirse, pero era tan difícil. En el mundo hay personas como ella que se encuentran tan aferradas a la vida que no saben cuándo es el momento de someterse, de ceder el control. Giró la cabeza hacia la derecha y tras un suspiro entrecortado lo entendió. Estaba tan cansada.
En 1800, las niñas bien educadas no podían sugerir nada que no estuviera relacionado a las labores del hogar. Su padre, Don Arístides Esparza junto a su madre Doña Amanda de Esparza, la habían inculcado valores de bien, además, le habían propiciado educación en casa donde la señorita Clementina Ortíz por poco pierde los estribos intentando explicarle las maravillosas artes del bordado.
Sin embargo, Paulina no entendía. Mejor dicho, no quería aprender. Se rehusaba a bordar, pegar botones y quedarse en casa asintiendo con la cabeza como una esposa trofeo. No, ella quería más. Ella quería viajar por todo el mundo, darse el placer de experimentar, vivir, conocer París. Y nada más lejos de la realidad. No había forma ni varazos en las manos que la hicieran aprender.
Un miércoles cualquiera a finales del mes de marzo, mientras estaban en la cena familiar donde solo se escuchaban los cubiertos tintinear, su padre, Don Arístides, le notificó cuáles serían sus próximos pasos, los cuales cambiaron su vida para siempre.
一Te casas el Lunes Santo. 一La orden salió de su boca sin miramientos, Don Arístides no tenía tiempo para perder en palabrerío. En su casa se hacía lo que él decía, punto y final一. Su nombre es Cristóbal Cabral y es el primogénito de la familia más poderosa de la ciudad.
A Paulina la bilis le subió a la garganta, perdió todo el apetito. Llevándose una mano temblorosa al pecho, imaginó cómo sus sueños se desvanecían sin derecho a réplica. Contradecir a su padre la conduciría a un severo castigo del que no estaba dispuesta a experimentar. Muy a su pesar, su padre era un tirano, con todas las de la ley.
Negó ferviente con la cabeza. Si no hacía nada por sí misma, acabaría como su madre, que eran contadas las veces que levantaba la cabeza y si de algo estaba segura, era de lo que no quería, así que tomó de su coraje y se levantó con todo el vigor de su alma inquebrantable. Lucharía por su espíritu indomable.
一No. 一Sentenció.
Solo bastó una helada mirada de su padre para comprender su destino. No obstante, no importaba cuánto la maltrataran y cuántas horas la castigaran enterrada, Paulina lucharía y se rebelaría por ella y por las que vendrían, porque a fin de cuentas, cada una tendría un papel importante que cumplir en la historia.
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