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Rumores

  Rumores Por Marián Briceño Pancho, ahí están los gritos otra vez. ¿Los escuchas? Eso es que de seguro la vecina le está reclamando al marido por mujeriego, ¿verdad? ¿Tú qué crees? Bueno, seguramente no crees nada, porque es que nunca respondes. Tienes tantos años sin hablarme que ya me preocupa que algo esté bien en tu cerebro, pero bueno. Creo que eso no es lo importante. ¿O tal vez sí y nunca hice nada al respecto? Pancho, ¿escuchaste? Eso seguro es que la mujer revisó el teléfono, consiguió algo y lo lanzó contra la pared. Yo sabía. Ese hombre siempre “tan tirado de santo”, el pobrecito, el mártir, y tantas veces que llegaba tarde y oliendo a azucena. ¿Que cómo lo sé? Bueno, porque desde la ventana podía olerlo, Pancho. Estoy segura de que sí. Y María Milagros, pobrecita, ella no huele así, ella huele a otras especies menos… floreadas, por decirlo así. ¿Nunca la oliste? ¡Pero qué pregunta! Tu no hueles, tienes muchos años que no hueles nada. ¿Te estás muriendo, Pancho? ¿Me vas...

El sabor de una despedida

  El sabor de una despedida. Por Marián Briceño Pude saborear el salado de las lágrimas que se salían de la comisura de mis ojos escapando de mi control. Pegué una mano al vidrio queriendo traspasarlo. No tenía que estar ahí, sabía que no era lo correcto. Sin embargo, era inevitable no hacerlo. La otra mano fue directo al pecho intentando serenar mi acelerada respiración.  «¿Me estoy quedando sin aire?», me pregunté mientras observaba cómo se alejaba de mí sin poder evitarlo. Sin poder hacer nada para remediarlo.  Un sordo gemido salió de la profundidad de mi garganta, mientras que más lágrimas continuaban su viaje hacia el canalillo entre mis pechos por la ansiedad de sentir que no tenía opciones ni estaba en mis manos hacerlo diferente. Tenía frío. Mucho frío. De ese que se cuela en tus huesos y te paraliza. 一Por favor, no te vayas, Sebastián 一susurré inaudible, empañando aquel detestable cristal que me separaba del amor de mi vida. Como cosa del destino, él volteó. Sus...