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Mostrando las entradas con la etiqueta Mujer

Pensamientos

Pensamientos Marian Briceño Quería. De verdad quería volverlo a hacer. Pero nada salía. No había inspiración, no había palabras. ¿Se habría quedado sin imaginación? ¿Sin creatividad? Le había costado demasiado adaptarse a su nueva vida, a su nueva rutina; sin embargo,poco a poco se fue adaptando, y con el paso del tiempo se dio cuenta que por algo tenía que empezar, así que volvió a leer. No le costó demasiado volver a ese hábito de abrir un libro y olerlo con emoción, tocar la portada de aquella obra maestra, y perderse en ese otro universo —y ahora, también leía en otro idioma, lo que la hacía sentir mejor consigo misma. Se sentía poderosa—. No obstante, era sentarse frente a la computadora y solo el vacío llegaba a su mente. ¿Se le habían acabado las preguntas? ¿Se quedó sin palabras? Tanto que decir, tanto que plasmar, tanto que enseñar y solo bastaba agarrar un lápiz y quedarse en blanco. Tiesa, como un muñeco de cera. Era una sensación bastante agobiante. Sentarse y no poder solt...

En la ventana

  En la ventana Marián Briceño Ay, ya van a ser las 4 de la tarde, Simón, hay que apurarse. No quiero llegar tarde. Aunque bueno, como mujer, puede incluso llegar unos minutos después para ser observada; y es algo que a todas nos encanta, ¿verdad? Y no, no me mires de esa forma juzgadora. Entiende que yo lo que estoy buscando es tener su atención. Y es que me conformo aunque sean cinco minutos. Si no lo logro, mi autoestima va a quedar por el subsuelo, Simón. La verdad estoy cansada de eso. Lo que pasa es que ese hombre es muy difícil. Porque no importa los escotes que muestran mis pudores, o las faldas a la rodilla que dejen a la vista mis canillas de pollo, bien decía mi madre. Nada funciona, Simón. ¿Será que es por la edad? Quiero decir, en estos tiempos, una persona como él se puede enamorar de una mujer como yo, ¿cierto? Además que debo confesar que ya estoy cansada de admirar a lo lejos. Ese macarrón debe conocer mis intenciones, y hoy no va a pasar. Lo he decidido. O mejor m...

Se puede volver a amar

Se puede volver a amar Por Marián Briceño Diego estuvo mucho rato observando a su alrededor. Se recriminaba en qué momento su amigo Miguel lo convenció de que una cita a ciegas era “la mejor” de todas las ideas que se le habían ocurrido en su vida. Estaba loco. Hacía muchísimo tiempo no tenía una cita y solo pensar en eso causaba estragos en su corazón. Le sudaban las manos y tampoco es que podía dejar de mover las piernas. ¿Y si le tocaba una persona que no le gustaba? ¿Cuál era la salida? ¿Y si era un catfish? Se habían visto casos de gente engañada y secuestrada por caer por inocentes en casos como estos. Estuvo apunto de levantarse cuando el mesonero le preguntó si esperaba a alguien para ordenar. ¿Qué era lo mejor que podía hacer? ¿Un vaso de agua lo haría parecer nervioso? ¿El vino tendría una connotación más provocativa? ¿El whisky lo haría parecer como un depredador? Ya no tenía idea. La sociedad estaba tan diferente que no sabía qué era lo correcto. Diego se reprochó mentalmen...

Supersticiones

  Supersticiones Por Marián Briceño Nunca debí dejar que me barrieran los pies de chiquita, tampoco debo seguir haciéndolo yo misma mientras barro, pero es muy difícil, a veces una se distrae por ruidos o qué sé yo. Por eso estoy solterona. Estoy segura. La escoba tiene la culpa. No importa cuántas veces le lance miradas asesinas… Ella siempre barre mis pies. Nada que ver con el hecho de que tengo mal carácter. ¿Mal carácter yo? Si soy un amor. Soy cordial, buena vecina, me gusta colaborar con quien lo necesite… Lo que pasa es que no todo el mundo hace las cosas correctamente, y una tiene que hacerse expresar. Además, una vez escuché en un programa de esos de televisión que si nos callamos es peor, porque no nos hacemos entender. ¡Y una tiene que hacerse entender! Porque, si el vecino de al lado tiene música demasiado alta, una tiene que llamar a la policía, porque para eso es que están las autoridades, para poner orden. Sino, ¿para qué estarían ahí? De eso se trata ser un buen vec...

¿Cuándo es la última vez?

  ¿Cuándo es la última vez? Por Marián Briceño Los ojos se le abrieron impresionados al ver el positivo casi sobresalir de aquella prueba de embarazo.  Hay ciertas ocasiones en las que las emociones pueden desbordar a una persona. En el caso de Lucía, no podía contener las lágrimas del pesar y el sinsabor de lo que conllevaba un embarazo. Más cuando no es deseado. Afuera la esperaba Luis Enrique, ansioso y deseoso de un resultado contrario al obtenido. Tembló al imaginar los gritos y la culpa, los manotazos al aire y el futuro golpe a cualquier superficie cercana. ¿Podría botar la prueba y fingir demencia? ¿Romper la pantallita sin consecuencias? Cualquiera de esas opciones la llevaría a lo mismo, era un callejón sin salida.  Se quedó sentada en el inodoro mirando la nada. Saboreó el amargo de la culpa en su garganta. Pudo haberse cuidado. Estar pendiente de su ciclo, prestar atención a la aplicación de su teléfono que le notificaba cuándo no era bueno tener relaciones o ...

Incidencias de una obsesiva compulsiva

  Incidencias de una obsesiva compulsiva Por: Marián Briceño «No pises la línea, no pises la línea. No pi…». El hecho de haberla pisado fue lo que llevó a lo que sería un ataque de ansiedad del que estoy segura no voy a salir. Yo me voy a morir y eso está escrito en piedra, en la carta astral o en la Biblia. De eso estoy segura. Mi cuerpo ya siente las arcadas, me tiemblan las manos y cada vez que parpadeo veo estrellitas blancas.  «Me está faltando el aire», afirmo. «¿Me está faltando el aire?». Dudo si realmente me estoy muriendo o no. Estoy intentando no sentarme ni caerme, para no pisar nada que no deba pisar ni desencadenar otro ataque de ansiedad.  «Mi antibacterial, ¿dónde está mi antibacterial?». Es el cerebro quien hace esas preguntas a las que yo en realidad no tengo respuesta.  El trastorno obsesivo compulsivo se apodera de mí y solo veo manchitas sin poder resolver. Me gustaría decir que no estoy entrando en pánico pero mi subconsciente sabe que mi yo con...

Penumbras

Penumbras Por Marián Briceño Las nueve y cincuenta de la noche marcadas en el reloj de pared le avisaba que faltaban apenas diez minutos para que acabara su turno. El repiqueteo constante de su bolígrafo sobre la mesa demostraba cuán cansada estaba y lo mucho que quería llegar a casa. Eva comenzó a sentir el miedo y la ansiedad correr por sus venas. El trabajo en la oficina, para ella, era solitario y a veces muy frustrante. Su vida era monótona y rutinaria. Consistía en despertar a las siete de la mañana, asearse, hacer el desayuno, salir de casa, agarrar el metro que la dejaba a dos cuadras larguísimas de su trabajo y luego sentarse a contestar llamadas hasta las diez de la noche. Caminar las mismas dos cuadras, esperar el metro y regresar a casa, hacer su almuerzo, cenar cualquier tontería y dormir. Entendía su soledad. La odiaba, pero era parte de su rutina. Una llamada más la sacó de su pensamiento. Estaba sola. En todo el lugar, lo único que se escuchó fue el tono de llamada más ...

Rumores

  Rumores Por Marián Briceño Pancho, ahí están los gritos otra vez. ¿Los escuchas? Eso es que de seguro la vecina le está reclamando al marido por mujeriego, ¿verdad? ¿Tú qué crees? Bueno, seguramente no crees nada, porque es que nunca respondes. Tienes tantos años sin hablarme que ya me preocupa que algo esté bien en tu cerebro, pero bueno. Creo que eso no es lo importante. ¿O tal vez sí y nunca hice nada al respecto? Pancho, ¿escuchaste? Eso seguro es que la mujer revisó el teléfono, consiguió algo y lo lanzó contra la pared. Yo sabía. Ese hombre siempre “tan tirado de santo”, el pobrecito, el mártir, y tantas veces que llegaba tarde y oliendo a azucena. ¿Que cómo lo sé? Bueno, porque desde la ventana podía olerlo, Pancho. Estoy segura de que sí. Y María Milagros, pobrecita, ella no huele así, ella huele a otras especies menos… floreadas, por decirlo así. ¿Nunca la oliste? ¡Pero qué pregunta! Tu no hueles, tienes muchos años que no hueles nada. ¿Te estás muriendo, Pancho? ¿Me vas...

Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán.

  Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán. Por Marián Briceño El aire se estaba acabando. Lo sentía en sus pulmones ardidos, en la forma en que cada vez le costaba más respirar. Inmóvil, intentaba no mover ni un músculo para ahorrar el poco oxígeno que le quedaba. Sin querer, lágrimas desesperadas y llenas de ansiedad le salían por la comisura de sus ojos que no distinguían más que negro y madera. En cada parpadeo veía destellos de luz. No podía respirar, le ardían los pulmones. Aspiraba seco. Gotas infinitas de sudor descendían por su rostro, pecho y espalda. Paulina pensó que con cortas bocanadas de aire lograría aguantar un poco más. No quería rendirse, pero era tan difícil. En el mundo hay personas como ella que se encuentran tan aferradas a la vida que no saben cuándo es el momento de someterse, de ceder el control. Giró la cabeza hacia la derecha y tras un suspiro entrecortado lo entendió. Estaba tan cansada. En 1800, las niñas bien educadas no podían sugerir nada que...

Somos niños perdidos...

  Somos niños perdidos... Marián Briceño «Bum. Bum. Bum. Bum». Mi corazón late con fuerza, tanta que lo escucho hasta en mis oídos. Puedo escuchar la respiración agitarse y ser consciente de los ligeros e involuntarios temblores de mis manos. Siento la bilis subir y bajar sin control. El sudor frío de mi frente es un recordatorio de la fiebre que debo controlar.  No sé cuánto tiempo llevo mirándome en el sucio y roto espejo. Sin moverme, detenida, como suspendida en el tiempo… mirando sin mirar. La bruma en mis ojos es tan intensa que más allá de mi reflejo solo veo una mancha borrosa que se confunde con las que ya tiene. Lágrimas siguen cayendo sin control, pero ya no me molesto en limpiarlas, las dejo fluir.  Un hipido se me escapa mientras me aferro al lavamanos con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos pese a la inmundicia de mis manos. Agacho la mirada conteniendo los gemidos. El dolor es tan intenso que no puedo respirar.  Alzo de nuevo la mirada e i...

Vicisitudes de un amor tóxico

  Vicisitudes de un amor tóxico. Marián Briceño Cristina vomitó por tercera vez, ¿o era la cuarta? en ese inodoro lleno de flujos y sustancias ilícitas 一y otras que quizás no tanto一. Ella sabía que debía salir de allí e irse a su casa. Sin embargo, sentía que no había poder humano en esta tierra ni en ningún universo paralelo que la levantara de allí. Era bastante consciente de que nadie más que ella era la responsable de encontrarse en ese estado. Su amiga Laura se lo advirtió. No obstante, cuando a una mujer terca y tóxica, como ella, se le mete entre ceja y ceja perseguir al ex, esas son las consecuencias que puede sufrir luego de intentar llamar su atención y descubrirlo “con las manos en la masa  «trasero» de otra”. No sabía dónde se había metido Mateo, pero había algo en ella que la empujaba a salir y buscarlo, como una desesperación que rozaba la ansiedad acelerando también su respiración. Si enfocaba su atención en otra cosa que no fuese el vómito, sabría que las manos...

Hay algo curioso…

  Hay algo curioso… Marián Briceño Hay algo curioso en las ciudades grandes como Nueva York, porque pueden despertarte un intenso sentimiento entre amor y odio. Hay algo curioso en las ciudades grandes, porque pueden hacer que te pierdas en cualquier esquina y salir de ella sin saber dónde estás. O hacer que te encuentres con el amor de tu vida. Hay algo en las grandes ciudades, porque hay música, ruido, conciertos… pero también hay silencios y soledad... Siempre dual, siempre en equilibrio, como la vida misma. Quisiera decir que algo de eso siento en este momento, pero mentiría. Ahora solo siento frío. Mucho frío. Quisiera decir que tengo algún pensamiento rondando por mi mente encontrando ese equilibrio y dualidad, pero mentiría. Mi mente está tan callada que no sé qué esperar de mí. Ni siquiera notas, ni crescendos. Solo frío. Quisiera decir que me gustaría glissar mi piano como tantas veces hago en momentos de ansiedad, pero no puedo.  Mirando hacia una esquina de la sala ...

Los matices de la iniquidad

Los matices de la iniquidad Marián Briceño Tarde en la noche, la detective Alina Brown se encontraba en su cubículo revisando papeles sobre un caso que la tenía de cabeza. Y es que cada vez que llegaban a la comisaría casos de violencia de género le hervía la sangre. Más, cuando al hablar con sus superiores, la ignoraban, obviamente prestando más atención a los casos de homicidios  —sea cual fuere su grado—. Ella se sentía frustrada y muy, muy enojada. Alina quería hacer más. Sabía, muy dentro de ella, que tenía el poder de hacer algo diferente, generar un cambio por mínimo que fuera. Pero siempre que intentaba hacer algo, le recortaban los recursos y el personal, llevando su trabajo a ser más cuesta arriba de lo que por sí ya era. Además, caía sobre ella el hecho de ser mujer. No obstante, eso jamás la hizo sentirse menos. Se había graduado como detective con honores y méritos propios. Sudó, sangró, pensó, corrió y estudió como todos los demás. Ella lo había logrado sola. A la det...