El valor de decirte adiós

El valor de decirte adiós

Marián Briceño


一Pero entendí que en esta vida no, mi amor. 一Leí en un susurro mientras ponía el punto y final a la carta de despedida que acabo de escribir. Con nostalgia inhalo el olor a madera y desinfectante del apartamento en un suspiro lleno de desasosiego.


Mirando con despecho la hoja de papel, comprendí que es muy complicado decir adiós. Más de lo que pensamos, y a veces no queremos aceptarlo. Los seres humanos somos demasiado tercos, demasiado voluntariosos; pero eventualmente llega un punto en la vida... llámese momentos, circunstancias o experiencias en el que debemos entender, comprender y aceptar que nada es para siempre. Todo tiene un inicio y un final. 


No quería levantarme de la mesa de la cocina. En realidad, me quedé perdida en el limbo observando aquellas ollas desiguales que colgamos en cualquier lugar del techo. Estábamos recién mudados. Sin conversar previamente, decidimos que ese sería nuestro espacio de libertad, de amor y creatividad. En esa cocina yo acariciaba tu cabello rubio antes de besarte y sonreíamos.


Si cierro los ojos un segundo, aún puedo vernos como en una película de amor de esas que odiabas ver pero aún así veías por complacerme, bailando en ese reducido espacio, chocando de vez en cuando con el estante de colores que no medimos bien, y una de las esquinas robaba unos centímetros de la entrada. Tus ojos verdes brillaban de admiración. Tan enamorados, tan vivos. 


Qué complicado es entender que vinimos a esta vida con un propósito muy claro: vivir intensamente haciendo el bien y elevando un mensaje de consciencia. Muchos seres humanos queremos dejar huella y ser maestros. En realidad, todos lo somos sin distinción. Aparecemos en la vida de las personas para aprender y enseñar… y duele mucho reconocer cuando una vez que cumples ese objetivo,  ha llegado el momento de marcharte. Porque hay hilos rojos que se rompen.


Con el antebrazo limpié las lágrimas que sin querer queriendo salían sin control alguno. Traté, con todas mis fuerzas de ignorar los hipidos del despecho por la zozobra de lo que sería de mí después de ti. Muy dentro sabía que había más, siempre hay más. Sin embargo, en medio de esta angustia que no me deja respirar, no soy capaz de ver mi próximo objetivo con claridad.


Me permití quedarme sentada un momento más y observar aquellas diminutas dos hornillas que fueron testigo principal de quemaduras, cortadas y tropiezos involuntarios entre nosotros intentando hacer una de esas recetas de Pinterest, pero la baja iluminación no favorecía… nos reíamos tanto… Se podía escuchar el amor. El viento guardará el recuerdo.


No teníamos casi nada, pero para mí, en ese momento lo teníamos todo. Podíamos estar debajo de un puente o en una cajita de fósforos y lo seguiría pensando. ¿Quién diría que en un abrir y cerrar de ojos las cosas cambiarían? ¿A quién debo culpar?


Tragué el nudo en mi garganta poniendo todo mi empeño en no derrumbarme. Sabía que si no me iba pronto, terminaría en un ataque de ira irracional por todo el dolor que siento y necesito soltar. Esas ollas y sartenes terminarían en la cerámica rota del suelo y tu me encontrarías y probablemente me pensaría en perdonarte.


Desvié mi atención a la maleta que descansaba en el marco de la puerta, esperando. Una parte de mí quiere quedarse, un último intento, un último sacrificio. Pero esa parte racional sabe que no puede, no debe… No podemos controlar las acciones de los demás, tampoco entender de dónde surgen sus deseos. 


¿Qué iba a imaginarme yo hasta qué punto amar en libertad se convertiría en un libertinaje? ¿Nos descuidamos? ¿No fui suficiente? ¿Es cosa de artistas? ¿En qué momento se me iba a ocurrir que dejar mi piel en sus labios no sería lo que calmara su éxtasis? ¿En qué libro me explican que uno puede amar a dos personas, o tres, por igual? 


Luego de llorar, patalear y gritar... entendí que no… que eso no es amor. Y por eso decidí marcharme, porque valgo más que tus malas elecciones y confusiones, porque si en algún momento te tocó elegir entre alguien más y yo, prefiero que no me elijas. Porque me amo y me respeto. 


Me levanto de la silla tambaleante y piso la carta con un vaso que lleva allí unos dos días. Arrastro los pies y termino por arrastrar las ruedas de la maleta. Doy un último doloroso vistazo a ese nido de amor que una vez compartimos. Tras un último suspiro entrecortado decido por mí.  


Me gustaría pensar que somos más que un amor en suspenso, me gustaría pensar que somos almas afines que en alguna otra vida se encontrarán para finalizar lo que empezamos. Quiero creer que somos más que malas decisiones. 


Aún así, con el corazón roto y el alma destrozada, tengo el valor de decirte adiós.


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