Penumbras
Penumbras
Por Marián Briceño
Las nueve y cincuenta de la noche marcadas en el reloj de pared le avisaba que faltaban apenas diez minutos para que acabara su turno. El repiqueteo constante de su bolígrafo sobre la mesa demostraba cuán cansada estaba y lo mucho que quería llegar a casa. Eva comenzó a sentir el miedo y la ansiedad correr por sus venas. El trabajo en la oficina, para ella, era solitario y a veces muy frustrante. Su vida era monótona y rutinaria. Consistía en despertar a las siete de la mañana, asearse, hacer el desayuno, salir de casa, agarrar el metro que la dejaba a dos cuadras larguísimas de su trabajo y luego sentarse a contestar llamadas hasta las diez de la noche. Caminar las mismas dos cuadras, esperar el metro y regresar a casa, hacer su almuerzo, cenar cualquier tontería y dormir. Entendía su soledad. La odiaba, pero era parte de su rutina.
Una llamada más la sacó de su pensamiento. Estaba sola. En todo el lugar, lo único que se escuchó fue el tono de llamada más el zumbido seco del bolígrafo deteniéndose en el aire. Pulsó el botón y con su característica voz de atención al cliente de una empresa de telefonía saludó. Estaba acostumbrada a fingir un tono alegre y profesional aunque estuviera cansada.
Nadie respondió.
Eva arrugó el entrecejo sin comprender y sintió un vacío en el estómago. Saludó nuevamente con la misma actitud profesional. Sin embargo, la respuesta fue una respiración acelerada y susurros inentendibles. Abriendo mucho los ojos colgó la llamada. En segundos apagó la pantalla de su computadora no sin antes ver que todavía le faltaban unos minutos. No importó. Ella agarró su cartera y sin pensarlo demasiado salió del lugar con el corazón en la garganta.
Mientras esperaba el ascensor la mente se le llenó de penumbras, miedos, angustias e inseguridades. Eva solo podía pensar en las dos cuadras que debía caminar sola hasta la estación del metro y que, muy a su pesar, a esa hora siempre estaba prácticamente vacía. Tragó saliva. Nadie debería angustiarse por caminar a casa. Anheló compañía. Cada noche, al salir de su trabajo, ella esperaba el ascensor con los mismos pensamientos y se reprendía a sí misma, porque no se trataba solo de estar con alguien, sino de que todos debían tener tranquilidad de andar de un lugar a otro con libertad. No obstante, ser mujer, muchas veces tiene un costo muy alto. Uno que no todo el mundo entiende. Y se preguntaba cuántas habrían llegado sanas a sus respectivos hogares.
Su viaje en descenso fue rápido. Allí notó el reflejo de sus ojos cafés llenos de pánico y sus ojeras pronunciadas por el poco descanso. Eva caminó a pasos apresurados, todo lo que sus piernas poco atléticas le permitieron cuando las puertas se abrieron. Aferró su puño tembloroso en la cartera como si la vida dependiera de ello. Siempre lo hacía. Esa era la peor hora para ella trabajar. Salir de allí tan tarde le generaba mucho pánico, pero había cuentas que pagar y un padre enfermo que mantener. No tenía opción.
Sin mirar a los lados, cabizbaja para no llamar demasiado la atención, vigiló con disimulo que su escote estuviera oculto detrás de su chaqueta y su falda no insinuara dobles intenciones. Sentía el sudor frío bajar por su espalda, siempre lo hacía. Sobre todo cuando pasaba por callejones y cuando llegaba a la estación del metro. La molestaban, le silbaban, miradas insinuantes y desagradables, palabras abusivas que la exponían sin permiso, otras veces la perseguían ofreciéndole compañía que ella no había pedido. Todos los días una misma historia contada de distintas formas, pero siempre el miedo y la inseguridad como protagonistas.
Los malos olores del metro en la noche le provocaban muchas náuseas. Le revolvía el estómago y eso, inexplicablemente le acentuaba más el temor. La ansiedad de llegar a casa se agudizaba hasta el punto de hacerle pitar los oídos. Miraba hacia los lados y hacia atrás de vez en cuando, preocupada. Se sentía observada. Estudiada. Expuesta.
Eva caminaba a través de las penumbras, sin escuchar nada más que sus pensamientos terroríficos e inseguridades, que, tras cerrar la puerta de su casa se desvanecían, como quién barre el polvo y lo deja debajo de la alfombra. El día había terminado. Tras un suspiro de alivio entrecortado por llegar sana y salva, se prometió a sí misma que mañana sería un poquito más valiente.
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