Somos niños perdidos...

 Somos niños perdidos...

Marián Briceño

«Bum. Bum. Bum. Bum». Mi corazón late con fuerza, tanta que lo escucho hasta en mis oídos. Puedo escuchar la respiración agitarse y ser consciente de los ligeros e involuntarios temblores de mis manos. Siento la bilis subir y bajar sin control. El sudor frío de mi frente es un recordatorio de la fiebre que debo controlar. 


No sé cuánto tiempo llevo mirándome en el sucio y roto espejo. Sin moverme, detenida, como suspendida en el tiempo… mirando sin mirar. La bruma en mis ojos es tan intensa que más allá de mi reflejo solo veo una mancha borrosa que se confunde con las que ya tiene. Lágrimas siguen cayendo sin control, pero ya no me molesto en limpiarlas, las dejo fluir. 


Un hipido se me escapa mientras me aferro al lavamanos con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos pese a la inmundicia de mis manos. Agacho la mirada conteniendo los gemidos. El dolor es tan intenso que no puedo respirar. 


Alzo de nuevo la mirada e intento verme, entenderme… comprender los porqués, la vida, las circunstancias. Muerdo mi labio inferior con tanta fuerza que saboreo el metal. 


«¿Quién soy?». Esa pregunta me tortura desde hace tanto, que pensé que evadiéndolo con noches locas llenas de tanto, pero a la vez de nada podía encontrar una respuesta. 


En realidad no sé si sigo intoxicada desde hace dos noches, que me fui por ahí intentando olvidar y recobrar la compostura, sin embargo terminé más perdida… Después del quinto trago, se me olvidó hasta mi nombre. Sé que reaccioné en una cama que no era mía y con una resaca descomunal que estoy convencida no pasará de gratis en mi hígado. Hay muchas cosas que el éxtasis le hace a tu cuerpo además de ayudarte a olvidar, momentáneamente, lo que quieras.


一¿Quién soy? 一Esta vez hago la pregunta al espejo con voz quebrada y ronca. 


Después de una vida llena de abusos por todas partes y de sentirte como un ser abandonado, piensas que nada te queda, que no lo vales. En realidad debo ser consciente de que permití tanto lo que no debí, callé tanto que olvidé conscientemente lo que jamás debí olvidar y acepté tanto que no debí haber aceptado… que entendí que soy una niña perdida, una víctima. Lo más triste es que no existe un Peter Pan que venga a buscarme salvo yo misma.


一Soy una niña perdida 一murmuré rota por dentro y por fuera. 


Inflé mis cachetes sintiéndome cobarde, avergonzada de mí misma, de lo que he conseguido. Ya no tengo ropa salvo harapos sucios que manchan mi piel como un recordatorio de lo sola y desamparada que me encuentro. Me doy tanta vergüenza que sigo sin ser capaz de sostenerme a mí misma la mirada. 


Es como si me juzgara por lo que he sido, por las decisiones que he tomado. No obstante, ella tiene razón. Pude haber dicho no. Debí detenerlo. No tenía, tengo ni tendré el control de nadie más que de mis propias decisiones. Soy responsable de cómo lo enfrento y en este momento puedo darme cuenta que solo soy una esclava de mis decisiones. 


Me enfrento a mí misma. Me miro al espejo retándome igual. De igual a igual. Aceptando lo que soy y lo que fui, abrazando mis errores y prometiendo un futuro mejor. Por fin comprendí que todos en algún momento de nuestras vidas somos niños perdidos que sin dirección podemos destruirnos. Somos niños perdidos que sin orientación podemos mancharnos. Sin embargo, esas manchas y marcas no deben ser más que aprendizajes que convertiremos en experiencias para una vida mejor. 


Hoy me permito despedir a la autocompasión, me despojo de mis miedos y del pasado. Me perdono y acepto que esa parte de mí siempre existirá.


Hoy comprendo que la única solución es abrazar a esa otra parte de ti, la oscura, la perdida. Consolarla con que a partir de hoy habrá un futuro mejor. Porque para descubrirse a veces hay que estar perdido. 


Hoy me sonrío. 


一No importa no saber quién soy, hoy me propongo descubrirlo. 一Y esa es una promesa.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

En la ventana

La pesadilla californiana

Una mente perturbada