Hay algo curioso…
Hay algo curioso…
Marián Briceño
Hay algo curioso en las ciudades grandes como Nueva York, porque pueden despertarte un intenso sentimiento entre amor y odio. Hay algo curioso en las ciudades grandes, porque pueden hacer que te pierdas en cualquier esquina y salir de ella sin saber dónde estás. O hacer que te encuentres con el amor de tu vida. Hay algo en las grandes ciudades, porque hay música, ruido, conciertos… pero también hay silencios y soledad... Siempre dual, siempre en equilibrio, como la vida misma.
Quisiera decir que algo de eso siento en este momento, pero mentiría. Ahora solo siento frío. Mucho frío. Quisiera decir que tengo algún pensamiento rondando por mi mente encontrando ese equilibrio y dualidad, pero mentiría. Mi mente está tan callada que no sé qué esperar de mí. Ni siquiera notas, ni crescendos. Solo frío. Quisiera decir que me gustaría glissar mi piano como tantas veces hago en momentos de ansiedad, pero no puedo.
Mirando hacia una esquina de la sala de espera casi sin pestañear, sé que mis ojos se secan, y no solo por no lubricarlos con el pestañeo. He llorado tanto que pienso que incluso esas lágrimas pueden ser beneficiosas, pero mentiría. Y si intentase darle forma a mi cabeza, terminaría en un revoltijo de nada. Porque no siento nada más que frío. Y dolor.
Hay algo curioso en los hospitales, porque puedes entrar con ilusiones y salir con el milagro de la vida entre los brazos, pero también puedes entrar con un dolor que termina siendo una noticia devastadora. Hay algo curioso, porque el olor te penetra tan profundo en los pulmones que puedes sentirlo en las papilas gustativas, pero en ocasiones esos líquidos terminan salvándote. Como digo, siempre dual, siempre equilibrio.
Sin embargo, sé que Nueva York no tiene la culpa de este frío, porque estamos a casi noventa Fahrenheit, así como también sé que el hospital tampoco tiene la culpa de este dolor que no quiere desaparecer.
Mi piel de gallina. Siento el nudo en mi garganta subir tan rápido que incluso al tragarlo terminaría rompiéndome. Mis huesos están entumecidos, tal vez por la tensión de no soltar. Me cuesta respirar. Mi piel erizada... y aún así no puedo darme consuelo a mí misma. Al menos no por ahora.
¿O quizás sí puedo consolarme y solo estoy reprimiendo mis emociones…? Mi psicóloga podría decirlo mejor que yo y darme una especie de discurso sobre el porqué debemos dejar fluir todo lo que sentimos y vivir las emociones cuando las tengamos… explicaría algo sobre aguas y calmas... pero tampoco estoy preparada para eso.
Trago saliva, esperando, sin poder controlar el temblor de mi cuerpo a causa del frío y los estremecimientos del dolor... ¿Físico o emocional? Como digo, siempre dual, siempre equilibrio. Creo que es lo que más me molesta de los hospitales, la espera. Hay algo curioso en las esperas, porque…
—Robin Donovan... —Escucho mi nombre a la lejanía sacándome de mis pensamientos y con mucho esfuerzo me levanto sin mirar nada más que cualquier punto fijo en el hospital. Podemos caminar en modo automático sin saber qué ocurre a nuestro alrededor. Y, aún ensimismada olvido que mis manos llevan el hielo, que derretido deja un camino de gotas que podría, con facilidad, convertir en notas, así trabaja mi mente. Todo es notas, todo es música, pero ya no.
«¿Podré dejarlo en el pasado? ¿Podré vivir con esta pérdida alguna vez? ¿Podré aprender cualquier otra cosa que no sea música? ¿Encontraré otra pasión? ¿Podré abandonar mi piano?».
Sentada en la camilla intento prestar atención y responder a lo que la enfermera pregunta para llenar mi historia. No logro más que asentir y negar con la cabeza y murmullos vacíos. Ella quitó con delicadeza el hielo de mis manos y comenzó a curar mis otras heridas superficiales. Mientras yo intento, con todas mis fuerzas no mirar mis dedos fracturados y no recordar cómo la música me aleja tanto de esta realidad y a veces mi necesidad es tan fuerte, que no me percaté que no estaba bien sostenida la tapa del piano y me aplastó los dedos intentando reparar una cuerda. Vi mis sueños desaparecer.
—Debo llevarte a rayos X para saber el daño —explicó la enfermera con compasión en su mirada—. Luego que salga de allí vendrá el doctor para dar el diagnóstico del daño y saber qué procede.
Agacho la cabeza tomando una gran bocanada de aire y reteniéndolo en mis pulmones. Asentí casi imperceptible. No hay nada que pueda hacer en este momento, salvo esperar.
Lo que pasó después se convirtió en un barrido para mí. No quería pensar, no quería sentir. Así que me dejé llevar. Notas vinieron a mí transportándome a otra realidad, una más bonita… donde yo yacía vestida de rojo elegante, sentada en mi piano interpretando alguna pieza increíble, glissando mi piano con notas resonantes y dominantes... graduándome de Julliard.
Me encanta!! Eres increíble escribiendo. 🌻
ResponderBorrar