Rumores

 Rumores

Por Marián Briceño


Pancho, ahí están los gritos otra vez. ¿Los escuchas? Eso es que de seguro la vecina le está reclamando al marido por mujeriego, ¿verdad? ¿Tú qué crees? Bueno, seguramente no crees nada, porque es que nunca respondes. Tienes tantos años sin hablarme que ya me preocupa que algo esté bien en tu cerebro, pero bueno. Creo que eso no es lo importante. ¿O tal vez sí y nunca hice nada al respecto? Pancho, ¿escuchaste? Eso seguro es que la mujer revisó el teléfono, consiguió algo y lo lanzó contra la pared. Yo sabía. Ese hombre siempre “tan tirado de santo”, el pobrecito, el mártir, y tantas veces que llegaba tarde y oliendo a azucena. ¿Que cómo lo sé? Bueno, porque desde la ventana podía olerlo, Pancho. Estoy segura de que sí. Y María Milagros, pobrecita, ella no huele así, ella huele a otras especies menos… floreadas, por decirlo así. ¿Nunca la oliste? ¡Pero qué pregunta! Tu no hueles, tienes muchos años que no hueles nada. ¿Te estás muriendo, Pancho? ¿Me vas a dejar sola? No me dejes sola, Pancho. ¿Qué haré sin ti? ¿Cómo puede esta anciana de 80 años sobrevivir a esta tortura de vida? Porque sí, es una tortura. Eso que dicen que uno viene a este mundo a triunfar… eso es mentira, nunca pasó, puras falacias de propaganda queriéndote vender ideas, ¿verdad, Pancho? ¡Ay! ¿Escuchaste? ¿Eso fue un plato? ¿Será que si pego más la oreja hacia la puerta y no tanto hacia la ventana podré escuchar mejor? ¿Hay que llamar a emergencias? Por ahí creo que tengo un cosito de esos que se usa para escuchar el corazón de cuando Alberto Ignacio estaba en sus estudios. ¿Si lo uso en la pared podré escuchar qué es lo que está pasando y así poder definir si María Milagros necesita ayuda?  Pero no puedo irme, ¿y si algo pasa mientras busco el aparato? ¡Ay, Pancho! Están gritando más fuerte. ¿Eso fue un golpe en la pared? ¿Lo escuchaste? ¿Por qué no tengo una escopeta, Pancho? Debí haberle hecho caso a Luis Ramón cuando me dijo que era importante tener una, porque una aquí sola en la soledad en esta casa, sin nadie que lo proteja. ¡Pobrecita, María Milagros! Si la tuviera me hubiese metido como toda una de esas mujeres que salen en las películas que Alberto Ignacio escuchaba a todo volumen en las noches. Pancho, le está diciendo malas palabras, ¿escuchas? Ay no, ay no, ¿qué hago? Virgen Santa y todas los Santos, Pancho, le está confesando la verdad a esa pobre mujer. Le está diciendo que la otra, la que huele a azucena le hace cosas que a ella no y que además le prepara el almuerzo y lo atiende, cosa que ella no hace porque se la pasa trabajando como él. ¡Yo sabía, Pancho! Es que a los hombres hay que hacerle de todo: lavarles, plancharles, cocinarles, porque sino se van y nos dejan, Pancho. Esa fue una lección que a mí me costó mucho aprender. ¡Tú lo sabes! Lo viviste conmigo. ¡Ay, Pancho, yo espero que no la deje y que esa mujer recapacite! Sino se va a quedar soltera, pa vestir santos como quien dice coloquialmente. Pobrecita, ¿cuántos años tendrá María Milagros? Yo asumo que ya debe estar rondando los cuarenta y cinco. ¡Imagínate, Pancho! Casi cincuenta y soltera. Eso debe ser pavosísimo, ¿cómo va a quedarse sola a esta edad? Y tan difícil que es conseguir marido en estos tiempos, Pancho. Ahora que la gente ya no es como antes, ¿cómo va a hacer? ¿Tengo que intervenir? ¡Shhh! Cállate, Pancho, no me dejas escuchar bien. Hay que susurrar para que no nos descubran. ¿Le está diciendo a ella que se vaya de la casa? ¿A ella? PANCHO, ¡QUE TIENE UN AMANTE, PANCHO! ¡Ay qué me da! Lo siento, es un infarto. Me está dando un infarto. ¿Quién diría que esta pobre viejecita moriría de un infarto a esta edad? ¡No quiero morir todavía, Pancho, no estoy lista! ¿Escuchaste eso? Silencio. Se escucha silencio. ¿Qué pasó, Pancho? ¿Se harían daño? ¿Es el momento de llamar a emergencias? ¡No escucho nada! ¡Shhh, déjame escuchar! ¡Silencio! Ay, Pancho, la mató. Estoy segura de que la mató. ¡Tengo que llamar a la policía, Pancho! Me duele el corazón. ¿Qué le diremos a la policía? ¿Soy testigo de homicidio? ¿Cómo explico esto a la policía, Pancho? Ay, no. Mi corazón. ¡Me duele mi corazón! Estoy hiperventilando. Es eso, estoy nerviosa y no me está dando un ataque en el corazón. Al menos eso le pasó a Luisa Cristina en la novela de las 2:00 p.m. Donde el papá mató a la mamá y luego se suicidó. ¡Qué tragedia! ¿La gente es así de dramática? ¿Qué crees tú, Pancho? No puedo morirme, sino qué va a ser de ti. Tú comes demasiado, eres un gato gordo y negro que necesita su pollito e hígado por las mañanas y las noches. Si me muero, ¿qué pasará contigo, Pancho? No, eso no puede ser. Ay, no. Y esa casa en completo silencio. Pancho, se mataron. Ay no, y yo no tengo vestido negro para la funeraria. El vestido es viejo y está lleno de polvo. Si lo saco tendré que dejarlo al sol durante días y aquí en estas lluvias, sin sol, nada va a pasar. ¿Tengo que comprar un vestido nuevo? ¿Cómo compro ropa para funeraria si me estoy muriendo de un infarto? Porque esto es un infarto, ¿verdad? Ay, necesito sentarme, Pancho. Ya me duelen las rodillas de tanto estar pegada a la pared. Esa gente se mató y yo no sé qué hacer. ¿Qué haría una vecina en estas circunstancias? ¿Será que me asomo? Alguien tiene que descubrir la escena del crimen y reportar lo acontecido, porque sino este edificio, de por sí viejo, va a oler peor a mortecina y no, no puede ser. Ay, Pancho. Ven, vamos. Acompáñame a hacer esto, alguien tiene que hacerlo. Espera que buscaré un pañuelo, porque si veo esos muertos estoy segura que me va a entrar la lágrima, Pancho. No soy tan fuerte. Ay no, Pancho. Tanto estrés me ha puesto de los nervios. Mejor vamos a dormir la siesta un rato. Total, en una media hora de espera no causará demasiado problema, ¿verdad?


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