Anomalías de una mente anciana
Anomalías de una mente anciana
Marián Briceño
Con una sonrisa siniestra y retorcida, Héctor revolvía con dificultad el whisky de un lado a otro con su mano izquierda ensangrentada. A sus pies yacía el cuerpo inerte de quien tanto daño le había hecho. Sobre su rodilla el arma homicida, que, parsimoniosa y dulcemente acariciaba con la yema de los dedos. Por fin había logrado su objetivo.
El silbido de la tetera le recordaba que el día había comenzado. Como de costumbre, se preparaba para salir a laborar. Despertándose de su ensoñación sacudió la cabeza. Tras pedirle permiso a sus huesos, y luego de refunfuñar unas malas palabras, apoyó su mano sobre el brazo del sofá para levantarse. Escuchó y sintió cada una de sus vértebras y huesos quejarse por el brusco movimiento.
Arrastrando sus rotas pantuflas y tras pasar por un lado de la biblia abierta en el Salmo 23, llegó a la tetera que tenía tantos años como él. Apagó la cocina, sacó el sobrecito de té 一de dudosa procedencia一, y llenó la taza con el agua. Mientras lo hacía repasaba lo que debía hacer en el día. Su vida constaba de una monotonía tan aburrida que cedía espacio a su mente a volar. Por ser tan refunfuñón carecía de amigos y su trabajo como conserje no le aportaba mucho tampoco, solo lo básico para sobrevivir.
Tras revolver la cucharadita de azúcar que endulzaba su bebida, se llevó el líquido a sus labios. El primer trago siempre era el más amargo. Lo dejó sobre la mesa y se preparó.
Su uniforme yacía en el mismo lugar donde lo había dejado la noche anterior. Constaba de un mono completo gris con su nombre en anaranjado del lado derecho. Al igual que levantarse de su viejo sofá, le causaba mucho dolor colocarse el uniforme y los zapatos. Tras una ardua tarea de murmullos antipáticos y quejas sobre su vida y el gobierno, bebió el resto de su té 一ya helado一 y salió.
Coletear, pulir, barrer, limpiar. Baños, pisos, oficinas. Su día consistía en ver entrar y salir a gente rica y a veces famosa de ese edificio en el centro de la ciudad. Por su parte él, casi siempre invisible ante todos, observaba y espiaba sin mucho que argumentar.
Estaba encerando el pasillo principal por segunda vez en el día cuando la observó a la lejanía. Le llamó la atención el largo cabello negro y labios rojos. Le sostuvo la mirada unos instantes antes de bajarla a continuar con su tarea, él no podía distraerse. Sin embargo no pudo evitarlo, cerró los ojos y se dejó llevar.
En el bolsillo derecho de su uniforme reposaba su navaja, esa que necesitaba para trabajos extras dentro de aquel elegante edificio. La palpó con deseo y sonrió al saberla allí. Miró de reojo, analizando el panorama. Su víctima había avanzado y él tenía trabajo que hacer. Sus fosas nasales se dilataron. Su cuerpo se sobreexcitó sabiendo lo que ocurriría. El peligro, la adrenalina… Apagó la pulidora y se fue tras aquella mujer de pelo negro. Supo, desde que la miró, que esa mujer no era una buena mujer. Ella en el pasado lo había lastimado. No era digna de la vida. Sus labios rojos y vibrantes la delataban. Por eso él tenía que hacer algo.
La persiguió por los largos pasillos de aquel lugar, rozando casi con amor, la que sería su arma homicida. No le costó mucho encontrarla, gracias a que sus huesos, llenos de adrenalina, se llenaron de la fuerza necesaria para actuar. Ella esperaba en el ascensor dando puntadas con su pie al suelo, apurada. Ni siquiera lo miró, cosa que lo indignó.
Cuando se abrieron las puertas, ella entró primero y él detrás. Observaba sus movimientos a través del rabillo del ojo con brillo de odio en sus ojos ancianos. Esperó. Él sabía que ella llegaría a la oficina más lujosa del último piso, la había limpiado en ocasiones anteriores. El silencio se volvió incómodo, pero para él, lleno de expectativas.
El ascensor era bastante rápido, en menos de dos minutos ya se estaba abriendo la puerta. Saliendo detrás de ella y sin pensarlo demasiado, sacó su navaja y la clavó en su costado repetidas veces, luego en el centro de su estómago tantas veces más que perdió la cuenta. Sangre salpicaba su rostro, cuerpo y manos. La apuñalaba pensando en cómo lo había lastimado, las veces que le pidió que se quedara y ella nunca lo hizo.
El anciano recordaba aquella frase que escuchaba en la iglesia “no soy digno de que entres en mi casa. Y se repetía:
一No soy digno, no soy digno一, graznó mientras la apuñalaba incesante.
Arrastró a la mujer hacia su oficina y lleno de sangre abrió la puerta. La dejó allí en medio del pasillo sin delicadeza. Se secó el sudor de su frente y se sirvió un vaso de whisky.
一Héctor, ¿terminaste el pasillo? 一El supervisor le preguntó, sacándolo de sus retorcidos pensamientos一. Tienes que moverte a la oficina principal urgente.
Héctor tragó saliva, asintiendo con la cabeza.
一De inmediato 一musitó.
Wow!!!
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