¿Cuándo es la última vez?
¿Cuándo es la última vez?
Por Marián Briceño
Los ojos se le abrieron impresionados al ver el positivo casi sobresalir de aquella prueba de embarazo.
Hay ciertas ocasiones en las que las emociones pueden desbordar a una persona. En el caso de Lucía, no podía contener las lágrimas del pesar y el sinsabor de lo que conllevaba un embarazo. Más cuando no es deseado. Afuera la esperaba Luis Enrique, ansioso y deseoso de un resultado contrario al obtenido. Tembló al imaginar los gritos y la culpa, los manotazos al aire y el futuro golpe a cualquier superficie cercana. ¿Podría botar la prueba y fingir demencia? ¿Romper la pantallita sin consecuencias? Cualquiera de esas opciones la llevaría a lo mismo, era un callejón sin salida.
Se quedó sentada en el inodoro mirando la nada. Saboreó el amargo de la culpa en su garganta. Pudo haberse cuidado. Estar pendiente de su ciclo, prestar atención a la aplicación de su teléfono que le notificaba cuándo no era bueno tener relaciones o usar preservativos. Sin embargo, a Luis Enrique no le gustaba de esa manera, basaba sus argumentos en que no era placentero. Lucía no podía opinar. Si ella decía algo, le refutaba haciéndole ver que no era lo suficientemente inteligente o buena para entender las cosas básicas de la vida. Lo mismo con la tecnología, le decomisó el celular.
Los golpes en la puerta la sobresaltaron, atrayéndola de nuevo a la realidad. Esa realidad donde tenía el positivo en sus manos y un novio impaciente al otro lado de la puerta. Se preguntó qué hacer. Cómo podría ella desaparecer. No obstante, estaba de manos atadas. Lucía supo lo que vendría. Lo presentía. Por ende, cerró los ojos y lo asumió.
El toque se hacía cada vez más impaciente e insistente hasta que simplemente la puerta se abrió sin más. Agachó con sumisión la cabeza, esperando la verborrea de palabras e insultos a los que ya estaba más que acostumbradas. Su mano se apretó más fuerte sobre aquella prueba y lágrimas se acumularon esperando ser derramadas. Sintió la mano sobre su cuello, apretando con firmeza, intimidando. Con su otra mano abrió con fuerza la menuda y huesuda de ella logrando su objetivo, arrebatarle lo que tenía entre los dedos. Durante unos segundos sus ojos se conectaron. Los fríos de él con los desahuciados de ella. Lucía aguantó la respiración mientras él descubría el resultado. Maldiciones y malas palabras salieron de su boca, ella los escuchó como murmullos incoherentes.
Su agarre se volvió más fuerte que firme, cortandole la respiración a tal punto de hacerle ver destellos de negro detrás de sus párpados. Su instinto fue moverse y luchar por quitar la mano de allí, pero no era lo suficientemente fuerte. Con una comida al día nadie podría tener demasiada. Sabía que estaba a nada de perder el conocimiento, ¿podría dejar de luchar? ¿Morir sería la respuesta? ¿Rendirse le daría la libertad? Y entonces se dejó vencer. Lucía dejó caer la mano cediendo al desmayo, regalando su vida. Estaba cansada de ser minimizada, abusada, maltratada de todas las maneras posibles. Se dejó ir.
一Ay, mierda. Lucía. No me dejes. 一El zarandeo de sus hombros la atrajo de regreso一. Vuelve, Lucía, yo no soy nadie sin ti. No va a volver a pasar, nena. Disculpame, por favor. Yo dejaré de beber por ti, lo haré por ti 一insistió Luis Enrique desesperado.
¿Podría hacer algo por ella misma? ¿Podría aprovecharse de esta vulnerabilidad para imponerse y huir? En el fondo de su mente entendió que ella era más que esta vida que había decidido vivir. Muy dentro de su psiquis entendió que valía más que malos tratos, malas decisiones, malas experiencias. ¿Podría estar sola? Lo conseguiría, porque eso hacen las mujeres hoy en día. Lo consiguen. Solas. ¿Sería lo suficientemente valiente? Estaba segura que en algunas ocasiones flaquearía, pero necesitaba ser firme y seguir luchando. Sintió su cuerpo calentarse y la determinación la hizo reaccionar casi de inmediato. Sería valiente, por ella. Ya pensaría en lo demás. Abrió los ojos centelleantes de gallardía y con la voz más ronca de lo que le gustaría, espetó.
一Suéltame.
Luis Enrique ladeó la cabeza, estudiándola. Su respuesta lo sacudió, Lucía nunca le hablaba así. Fue la impresión lo que le hizo soltarla y alejarse con las manos en alto.
一Lucía, esta es la última vez, nena. Te lo prometo.
Ella sabía que no era la última, muchas veces antes también lo había prometido. Quizás él no tenga la capacidad de decidir cuándo será la última, pero ella sí. Y en cinco minutos decidió que esa sería. Se levantó y trastabillando le pasó por un lado. Él seguía insistiendo con sus falsas promesas. Ofrecía villas y castillos. Enojado y arrepentido. El maltratador siempre tambalea entre dos emociones: miedo e ira. Lo había vivido. Ya no más. Lucía no pensó en nada más que salir de allí. Así que solo llegó a la puerta y caminó, dejándolo confundido. Iría a la estación de policía más cercana. Eso haría. Porque para ser libre y volar, hay que soltar las cuerdas que nos atan.
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