Supersticiones

 Supersticiones

Por Marián Briceño

Nunca debí dejar que me barrieran los pies de chiquita, tampoco debo seguir haciéndolo yo misma mientras barro, pero es muy difícil, a veces una se distrae por ruidos o qué sé yo. Por eso estoy solterona. Estoy segura. La escoba tiene la culpa. No importa cuántas veces le lance miradas asesinas… Ella siempre barre mis pies. Nada que ver con el hecho de que tengo mal carácter. ¿Mal carácter yo? Si soy un amor. Soy cordial, buena vecina, me gusta colaborar con quien lo necesite… Lo que pasa es que no todo el mundo hace las cosas correctamente, y una tiene que hacerse expresar. Además, una vez escuché en un programa de esos de televisión que si nos callamos es peor, porque no nos hacemos entender. ¡Y una tiene que hacerse entender! Porque, si el vecino de al lado tiene música demasiado alta, una tiene que llamar a la policía, porque para eso es que están las autoridades, para poner orden. Sino, ¿para qué estarían ahí? De eso se trata ser un buen vecino, ¿verdad? Si la del piso diez llega tarde en la noche, una tiene que dar consejos de vida y es por eso que cada que me la encuentro salgo y le digo que no tiene que estar llegando a esa hora, ¡nada más hay que verle la cara de demacrada a la pobre! que eso no lo hacen las muchachas decentes. Pero nadie lo entiende, me miran feo, me tratan de metiche y yo no lo soy. Todo lo contrario, soy una mujer de 50 años que lo ha tenido complicado en la vida, pero aún así soy una buena vecina ¡me preocupo por todos! Aún así me tachan y no me invitan ni a la junta vecinal. Me juzgan que estoy soltera y sola, y vale, yo también me juzgo a veces frente al espejo, pero no le tengo explicación alguna, vale. ¿Será porque nunca envié esas cadenas del teléfono que tanto me mandaban por mensajitos con los piolines o esos que dicen “manda esta oración a diez amigos, sino tendrás cien años de mala suerte? ¿Será que por eso de ser atea es que me tocó este destino? ¿Si no creo en nada de eso cómo voy a enviarlo a quién? La verdad es  que yo intenté una vez conocer a un buen muchacho, me metí en esas páginas de citas por internet y probé suerte hasta con uno de esos viejitos que y que dan dinero por otras cosas… pero no pude, porque es que nadie aguanta las verdades en la cara. En una cita llegó Luciano, beeeello, todo un buen mozo, con aquel traje elegante y exquisito, sin embargo, Luciano tenía mal aliento y se lo dije, porque uno tiene que decir la verdad, ¿o no? Le dije: 一Luciano, eres muy bello, pero déjame decirte que tienes que cambiar de dentífrico, porque no te está sentando bien一. Se ofendió tanto que se levantó y se fue. ¡Dejándome sola! ¡A mí! ¡Y con la cuenta! ¿Salió mal porque le pedí la sal y no la dejó sobre la mesa sino que la agarré desde su mano? ¿Tenía que callarme su mal aliento? ¿Qué pasa en el mundo? ¿Será culpa de que soy atea? ¿Será que de verdad tengo que empezar a rezar esas cien o doscientas avemarías que mandaban en la escuela católica que estudié cada vez que sienta que cometa un pecado? ¿Estoy pagando el precio? ¿O será culpa de todas aquellas escaleras por las que pasé debajo? Quién sabe. Es difícil de descubrirlo. ¿Cómo es que era? Santa María, madre de Dios juega con obras los jugadores…  No lo sé. Es que no me veo, no me veo dándome golpes de pecho, “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. ¡NO! Yo no tengo la culpa. No tengo la culpa de lo que los demás hacen y lo hagan mal. Para eso estoy yo, para decirles que lo están haciendo mal. Deberían agradecer, ¿no? Si la gente hace cosas malas, hay que hacérselo saber para que dejen de hacerlo. Si no se corrigen las cosas, ¿cómo va a avanzar el mundo? ¿Hay que dejar de jugar en la lotería el número 13? ¿Quién lo diría? ¿Mi gato negro Michu que rescaté hace algunos años porque se me atravesó en medio de la calle todo golpeado? Micho, ¿tienes la culpa? La verdad es que no lo creo, eres tan indiferente que a veces pienso que esta podría ser tu última vida y la quieres vivir indiferente, chico. Porque yo creo que esa es la respuesta: La indiferencia. Voy a tratar de morderme la lengua, y no decirle nada a nadie la próxima vez. Bajaré la cabeza y permitiré que los demás hagan con su vida lo que quieran, no voy a meterme… Michu, ¿esa es la vecina del ocho? ¿Será que todavía no entiende que una tiene que peinarse antes de salir? ¿Cómo nadie se lo dijo? No, no le puedo permitir salir así… 一Romina, vecina….


Comentarios

Entradas más populares de este blog

En la ventana

La pesadilla californiana

Una mente perturbada