En la ventana

 En la ventana

Marián Briceño

Ay, ya van a ser las 4 de la tarde, Simón, hay que apurarse. No quiero llegar tarde. Aunque bueno, como mujer, puede incluso llegar unos minutos después para ser observada; y es algo que a todas nos encanta, ¿verdad? Y no, no me mires de esa forma juzgadora. Entiende que yo lo que estoy buscando es tener su atención. Y es que me conformo aunque sean cinco minutos. Si no lo logro, mi autoestima va a quedar por el subsuelo, Simón. La verdad estoy cansada de eso. Lo que pasa es que ese hombre es muy difícil. Porque no importa los escotes que muestran mis pudores, o las faldas a la rodilla que dejen a la vista mis canillas de pollo, bien decía mi madre. Nada funciona, Simón. ¿Será que es por la edad? Quiero decir, en estos tiempos, una persona como él se puede enamorar de una mujer como yo, ¿cierto? Además que debo confesar que ya estoy cansada de admirar a lo lejos. Ese macarrón debe conocer mis intenciones, y hoy no va a pasar. Lo he decidido. O mejor mañana, ¿no crees? Probablemente está cansado o tuvo un mal día. Ay, Simón, ¿y si se lastimó haciendo el crofi ese que se la pasa haciendo? No, mejor no. Hoy no va a ser el día.  Yo creo que lo mejor será mañana, porque pobre Juan. Se la pasa ocupado haciendo de todo en ese gimnasio. No entiendo que tanto dura, porque está como le da la gana el muy manganzon. ¡Ay, se me escapó la baba sin querer! Ayúdame, señor, porque no quiero ser ese prospecto de mujer que tienen que estar encima de los hombres molestándolos por llamar la atención. Lo sé, no me juzgues con esos ojos de sabelotodo, a veces tampoco entiendo muy bien lo que quiero o cuales son mis anhelos. ¡Que va, Simón! Mejor nos quedamos aquí, mirándolo pasar como todos los días a la misma hora, como las estalquer esas de las que hablan tanto en los programas de detectives que dan en el Nesflis. Además,  según los consejos de las mujeres de la televisión que buscan maridos, el truco es hacerse desear. Yo, en mi fuero interno creo que tienen razón, porque también era lo que me decía mi abuelita, que las mujeres tenemos que darnos de sabrosonas, porque si no lo hacemos entonces estamos enviando “mensajes equivocados” y no, chico, no quiero eso, vale. Estoy cansada de que me miren con ojos de mujer loca, o con esos de “pobrecita la Matilda, que sigue solterona a esa edad”, porque la verdad es que no lo soy, ¿verdad, Simón? Uno consigue lo que necesita cuando necesita… la cosa es que una como es una mujer decente y de su casa con principios no puede andar ofreciéndole a todo el mundo, ¿que? Nada. Es que una no tiene que andar ofrecida, Simón eso no es cosa de Dios el padre celestial. Si mi progenitora, que en paz descanse, se llegase a enterar que yo ando buscando eso, ya estuviese arrodillada en granos de arroz, pero esta vez con maiz y frijoles negros. Ay, me acuerdo cuando mi mamá se enteró que andaba de metiche mirando a aquella vecina que se bajaba de diferentes carros todas las noches. Y la verdad no se por que termine pagando los platos rotos yo y no ella. Solo tuve curiosidad e informé de la situación. Duré toda la noche, Simón, arrodillada en granos de arroz. Todavía recuerdo lo que mamá, Guillerma, me decía: “las mujeres de su casa no se andan con habladurías. Los platos sucios se lavan dentro, no fuera de tu hogar, Matilda”. En fin, nunca sabría decirte con exactitud lo que me ayudaría a calmar estos nervios que me dan cada vez que veo al Juanito pasar por esa ventana.  Además, el hecho de que una tenga esta edad no quiere decir que no tenga deseos. Y que Dios me perdone por estos malos pensamientos, yo no soy así. El problema es que esta juventud se la pone a una, que es mayor, muy difícil. Lo único que quieren es dinero y que le compren cosas lujosas, y la verdad, es que yo no tengo suficiente billullo para los gustos de Juanito. ¿No lo has visto también con esos zapatos Naik? Lo sé, es un bomboncito y me gusta tanto… La cosa es que probablemente yo no a él, porque al final, a esos niños les gustan las jovencitas sin arrugas y sin kilitos de más. Mucho menos debe gustarle que te hable, Simón, que aunque ya tienes cinco años de haber partido, te sigo conservando en cenizas. No a todos esos muchachos les debe gustar que una hable con su gato muerto, ¿verdad? Pues, lo mejor será que me olvide de esta fantasía y olvide a ese hombre, porque por muy chulo y hermoso que este, nunca se va a fijar en una anciana como yo. Ay Dios, Ay Dios, ahí viene, ahí viene. Actua normal. Ay, Simón mi corazón. Me sudan las manos, pero shh, no digas nada.


—Hola, vecina.


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