Se puede volver a amar

Se puede volver a amar

Por Marián Briceño


Diego estuvo mucho rato observando a su alrededor. Se recriminaba en qué momento su amigo Miguel lo convenció de que una cita a ciegas era “la mejor” de todas las ideas que se le habían ocurrido en su vida. Estaba loco. Hacía muchísimo tiempo no tenía una cita y solo pensar en eso causaba estragos en su corazón. Le sudaban las manos y tampoco es que podía dejar de mover las piernas. ¿Y si le tocaba una persona que no le gustaba? ¿Cuál era la salida? ¿Y si era un catfish? Se habían visto casos de gente engañada y secuestrada por caer por inocentes en casos como estos. Estuvo apunto de levantarse cuando el mesonero le preguntó si esperaba a alguien para ordenar. ¿Qué era lo mejor que podía hacer? ¿Un vaso de agua lo haría parecer nervioso? ¿El vino tendría una connotación más provocativa? ¿El whisky lo haría parecer como un depredador? Ya no tenía idea. La sociedad estaba tan diferente que no sabía qué era lo correcto. Diego se reprochó mentalmente cuando notó que el mesero lo esperaba con ojos impacientes. Optó por una botellita de agua mientras esperaba. Con Fabiola no había pasado así. Era otro tiempo, otro nivel, otras circunstancias. Se conocieron como en esas típicas comedias románticas donde los protagonistas se tropiezan y conversan. Sus ojos brillaban como el sol, aunque eran oscuros como la noche. Lástima que poco a poco fueron apagándose, así como también su vida. 


Seis años pasaron desde aquella trágica noche. Seis años de soportar aquél vacío en la boca de su estómago que con nada podía superar. Seis años de terapeutas, chamanes, monjes, curas, pastores, iglesias, viajes espirituales... Seis años tratando de encontrar lo que llenaría ese hueco en el centro de su corazón. ¿Quién diría que la respuesta se la daría el tiempo? Que después de tanto buscar, encontró la paz en la aceptación de su situación. Fabiola siempre tendría un lugar en su vida y tenía que aprender a vivir con ello y seguir con su vida. Debe ser por eso que aceptó la propuesta de Miguel, que instaló una aplicación de citas en su teléfono mientras le daba un discurso de cómo a Fabiola le hubiese gustado que fuese feliz. Asumió que eso fue lo que lo terminó de convencer y por eso estaba allí. Se sentía ridículo. Casi 45 años y allí estaba, secándose su frente con un pañuelo que traía dentro del traje esperando a Paola. 


Según aquella aplicación de citas, Paola era una mujer de 40 años con abundante cabello negro y enrulado hasta los hombros, ojos avellanas y una sonrisa muy genuina. El estado civil en su perfil era divorciada, además decía que era madre de un hijo y tenía un gato como mascota. Le gustaba viajar y disfrutar de la comida y la vida, además de las experiencias. Diego miró la hora en su reloj, ¿habría llegado más temprano? Ya se sentía ridículo. ¿Cuánto tiempo era prudente esperar? ¿Debería escribirle? ¿Cancelar era una buena opción a esas alturas? Habían quedado a las 08:30 p.m. en aquel restaurante italiano muy elegante. Eran las 08:40 p.m. ¿Le habrá pasado algo? ¿Era prudente llamar? Rascó su pesada cabellera castaña y se quedó perdido mirando su reflejo en el agua. Sus ojos castaños lucían cansados, pero por primera vez en años, lleno de emoción. Hasta las líneas de expresión parecían haber desaparecido, ¿y cómo no? Se reía muchísimo hablando con esa mujer. Las conversaciones con Paola eran novedosas, llenas de emoción y novedad. Fresco. Era divertida, simpática y ocurrente. Le atrajo de inmediato su forma de ser. Sin embargo, ya sentía el sinsabor del desplante. La amargura del bochorno. Se levantó de la mesa dispuesto a pagar en la caja. Arregló con sorna su viejo traje con la bulla de fondo. Diego se sintió cansado y decepcionado. ¿Triste? Sí, la tristeza lo inundó, más que tristeza probablemente sea la desilusión. 


Tras un suspiro entrecortado se irguió para salir de ese lugar rápido, borrar esa tonta aplicación y dedicarse a ver películas de acción en el recién adquirido mueble de su nueva casa. No caería más nunca en esos discursos baratos de su amigo Miguel, que ya no lo estaba considerando tanto como uno. ¿Quién lo habría mandado a ceder? Si él nunca cedía. No obstante, bastaba un segundo de descuido para que el mundo le volviera a dar patadas en el estómago, como si las pérdidas no dolieran. Como si él no hubiera pasado por tanto. Iba a hablar con la mujer de la caja cuando una delicada mano se posó sobre su antebrazo sacándolo de sus derrotistas pensamientos tóxicos. Sus ojos se encontraron. El brillo avellana lo dejó sin aliento. El golpe fue directo a sus neuronas, atorándole las palabras. Su olvidado corazón recordó cómo latir, cómo sentir, cómo amar, cómo sonreír. Y eso hizo, junto a ella. En un segundo le devolvió la ilusión. 


一¿Diego? Soy Paola. 


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