Incidencias de una obsesiva compulsiva
Incidencias de una obsesiva compulsiva
Por: Marián Briceño
«No pises la línea, no pises la línea. No pi…».
El hecho de haberla pisado fue lo que llevó a lo que sería un ataque de ansiedad del que estoy segura no voy a salir. Yo me voy a morir y eso está escrito en piedra, en la carta astral o en la Biblia. De eso estoy segura. Mi cuerpo ya siente las arcadas, me tiemblan las manos y cada vez que parpadeo veo estrellitas blancas.
«Me está faltando el aire», afirmo. «¿Me está faltando el aire?». Dudo si realmente me estoy muriendo o no. Estoy intentando no sentarme ni caerme, para no pisar nada que no deba pisar ni desencadenar otro ataque de ansiedad.
«Mi antibacterial, ¿dónde está mi antibacterial?». Es el cerebro quien hace esas preguntas a las que yo en realidad no tengo respuesta.
El trastorno obsesivo compulsivo se apodera de mí y solo veo manchitas sin poder resolver. Me gustaría decir que no estoy entrando en pánico pero mi subconsciente sabe que mi yo consciente está haciendo una escena para nada digna de Oscar en medio de la calle, aferrando mis manos a la garganta y tosiendo sin control.
La gente se detiene a mirarme, y yo es el pánico en mis ojos quien se encarga de ahuyentarlos. No soy yo. Aunque a este punto si alguien me toca, probablemente genere un colapso en mí. La gente en las ciudades grandes es rara. Realmente pueden ver a alguien medio morirse en una acera y no hacer nada. ¡Nada!
«Ay, me voy a morir. Me voy a morir», lamento. «¿Qué va a ser de mi mamá? ¿Quién limpiará su casa? Ella no sabe limpiar, siempre deja polvo en la mesa», me quejo internamente.
Sé que mis ojos están volteados hacia arriba y a lo lejos escucho que alguien me habla. No sé cuánto tiempo llevo así, pero sé que es la primera persona borrosa que mis ojos intentan enfocar. Me entra el pánico más intenso. Me intento alejar pero solo logro trastabillar con mis propios pies. No estoy demasiado consciente de lo que hago, lo único que sé es que estoy a punto de desmayarme. Se me cierra la garganta y lo que antes eran estrellitas, ahora es una luz.
«¿La luz al final del túnel?». Nunca pensé que morir sería tan brillante. «Dios, ¿eres tú?».
一Eh, bonita. Piensa en cinco... 一Es la instrucción que escucho me da a lo lejos. Sin embargo, yo solo veo un rostro y creo que es el mismísimo Jesucristo en carne viva que me vino a buscar. Y no, no es como lo pintan. Solo es una sombra a contraluz. Una sacudida logra hacerme reaccionar unos instantes y ya no solo veo brillante, sino que esa luz comienza a esclarecer一. No, no te desmayes, enfócate. Dime cinco…
Dentro de mi ansiedad logro sentir como sus manos yacen sobre mis brazos sacudiéndome para evitar el desmayo. ¿Cinco... qué?
一Carro.
«¿Me va a llevar en su carro? ¿A dónde?».
No quiero que nadie me lleve a ninguna parte, así que como puedo me zafo de su agarre y cuando menos lo esperaba, le lanzo una bofetada que espero haya golpeado su rostro y no el aire. No estoy segura si mi piel tuvo contacto con nada, aún siento las manos dormidas. ¿Qué pasó después? Corrí, o al menos lo intenté. Sin pisar las líneas, por supuesto.
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