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Se puede volver a amar

Se puede volver a amar Por Marián Briceño Diego estuvo mucho rato observando a su alrededor. Se recriminaba en qué momento su amigo Miguel lo convenció de que una cita a ciegas era “la mejor” de todas las ideas que se le habían ocurrido en su vida. Estaba loco. Hacía muchísimo tiempo no tenía una cita y solo pensar en eso causaba estragos en su corazón. Le sudaban las manos y tampoco es que podía dejar de mover las piernas. ¿Y si le tocaba una persona que no le gustaba? ¿Cuál era la salida? ¿Y si era un catfish? Se habían visto casos de gente engañada y secuestrada por caer por inocentes en casos como estos. Estuvo apunto de levantarse cuando el mesonero le preguntó si esperaba a alguien para ordenar. ¿Qué era lo mejor que podía hacer? ¿Un vaso de agua lo haría parecer nervioso? ¿El vino tendría una connotación más provocativa? ¿El whisky lo haría parecer como un depredador? Ya no tenía idea. La sociedad estaba tan diferente que no sabía qué era lo correcto. Diego se reprochó mentalmen...

La pesadilla californiana

  La pesadilla californiana Por: Marián Briceño Una nunca está preparada para los cambios de la vida. Buenos o malos, por más que te repitas frente al espejo que puedes hacerlo, que estás abierta a lo que te depara el mundo, el destino, el universo… o el mismísimo Dios, que, estoy más que convencida de que si baja en carne y hueso a decirte: 一por aquí no es, es por aquí一. Así como yo, lo llenarías de argumentos y frases incoherentes de por qué él está equivocado. Sería algo así como: ¡No, Dios! ¡Que no! ¡Que yo ya fui por ahí y me parece que no es! Dios, no voy a dejar el trabajo que tengo por esa oferta buenísima, ¿y si no va bien? Tengo cuentas que pagar. ¡Que no voy a dejar a Luis Alberto, él va a cambiar. El empujón fue un error de cálculos! Somos voluntariosos.  Nos la pasamos pidiendo iluminación sin estar abiertos a mover un dedo para conseguirlos, sin hacernos responsables. Vivimos pidiendo un resultado distinto a la vida o un cambio de acción. Imploramos al maestro Bu...

Supersticiones

  Supersticiones Por Marián Briceño Nunca debí dejar que me barrieran los pies de chiquita, tampoco debo seguir haciéndolo yo misma mientras barro, pero es muy difícil, a veces una se distrae por ruidos o qué sé yo. Por eso estoy solterona. Estoy segura. La escoba tiene la culpa. No importa cuántas veces le lance miradas asesinas… Ella siempre barre mis pies. Nada que ver con el hecho de que tengo mal carácter. ¿Mal carácter yo? Si soy un amor. Soy cordial, buena vecina, me gusta colaborar con quien lo necesite… Lo que pasa es que no todo el mundo hace las cosas correctamente, y una tiene que hacerse expresar. Además, una vez escuché en un programa de esos de televisión que si nos callamos es peor, porque no nos hacemos entender. ¡Y una tiene que hacerse entender! Porque, si el vecino de al lado tiene música demasiado alta, una tiene que llamar a la policía, porque para eso es que están las autoridades, para poner orden. Sino, ¿para qué estarían ahí? De eso se trata ser un buen vec...

Espectros

  Espectros Por Marián Briceño Admiró la gota color carmesí descender de sus dedos en dirección al suelo. Ella sonreía con ínfulas de reina, victoriosa. La pesadilla había terminado, sabía que lo había salvado. La voz se calló. Miranda limpió el cuchillo en su pantalón analizando la escena con orgullo. Sus ojos volaron de un lugar a otro con tanta rapidez como fue capaz, aquella otra voz le premiaba por haberlo hecho muy bien. Se había levantado por un grito de auxilio. A un lado el frasco de pastillas destapado. Miró aquellas píldoras con asco. Las odiaba. Siempre la hacían dormir demasiado y muchas veces no sabía ni quién era. Se la pasaba dopada y como adormecida. Tenía muchos meses sin tomarla y en ocasiones engañaba a Alfonso, su marido, fingiendo que lo hacía. Además, sin medicina podía estar más alerta.  Caminó unos pasos mirando de reojo a su esposo dormir a su lado, las ojeras pronunciadas ocultaban la belleza que algún día la conquistó. Lucía cansado. No quería alert...

¿Cuándo es la última vez?

  ¿Cuándo es la última vez? Por Marián Briceño Los ojos se le abrieron impresionados al ver el positivo casi sobresalir de aquella prueba de embarazo.  Hay ciertas ocasiones en las que las emociones pueden desbordar a una persona. En el caso de Lucía, no podía contener las lágrimas del pesar y el sinsabor de lo que conllevaba un embarazo. Más cuando no es deseado. Afuera la esperaba Luis Enrique, ansioso y deseoso de un resultado contrario al obtenido. Tembló al imaginar los gritos y la culpa, los manotazos al aire y el futuro golpe a cualquier superficie cercana. ¿Podría botar la prueba y fingir demencia? ¿Romper la pantallita sin consecuencias? Cualquiera de esas opciones la llevaría a lo mismo, era un callejón sin salida.  Se quedó sentada en el inodoro mirando la nada. Saboreó el amargo de la culpa en su garganta. Pudo haberse cuidado. Estar pendiente de su ciclo, prestar atención a la aplicación de su teléfono que le notificaba cuándo no era bueno tener relaciones o ...

Incidencias de una obsesiva compulsiva

  Incidencias de una obsesiva compulsiva Por: Marián Briceño «No pises la línea, no pises la línea. No pi…». El hecho de haberla pisado fue lo que llevó a lo que sería un ataque de ansiedad del que estoy segura no voy a salir. Yo me voy a morir y eso está escrito en piedra, en la carta astral o en la Biblia. De eso estoy segura. Mi cuerpo ya siente las arcadas, me tiemblan las manos y cada vez que parpadeo veo estrellitas blancas.  «Me está faltando el aire», afirmo. «¿Me está faltando el aire?». Dudo si realmente me estoy muriendo o no. Estoy intentando no sentarme ni caerme, para no pisar nada que no deba pisar ni desencadenar otro ataque de ansiedad.  «Mi antibacterial, ¿dónde está mi antibacterial?». Es el cerebro quien hace esas preguntas a las que yo en realidad no tengo respuesta.  El trastorno obsesivo compulsivo se apodera de mí y solo veo manchitas sin poder resolver. Me gustaría decir que no estoy entrando en pánico pero mi subconsciente sabe que mi yo con...

Penumbras

Penumbras Por Marián Briceño Las nueve y cincuenta de la noche marcadas en el reloj de pared le avisaba que faltaban apenas diez minutos para que acabara su turno. El repiqueteo constante de su bolígrafo sobre la mesa demostraba cuán cansada estaba y lo mucho que quería llegar a casa. Eva comenzó a sentir el miedo y la ansiedad correr por sus venas. El trabajo en la oficina, para ella, era solitario y a veces muy frustrante. Su vida era monótona y rutinaria. Consistía en despertar a las siete de la mañana, asearse, hacer el desayuno, salir de casa, agarrar el metro que la dejaba a dos cuadras larguísimas de su trabajo y luego sentarse a contestar llamadas hasta las diez de la noche. Caminar las mismas dos cuadras, esperar el metro y regresar a casa, hacer su almuerzo, cenar cualquier tontería y dormir. Entendía su soledad. La odiaba, pero era parte de su rutina. Una llamada más la sacó de su pensamiento. Estaba sola. En todo el lugar, lo único que se escuchó fue el tono de llamada más ...