Espectros
Espectros
Por Marián Briceño
Admiró la gota color carmesí descender de sus dedos en dirección al suelo. Ella sonreía con ínfulas de reina, victoriosa. La pesadilla había terminado, sabía que lo había salvado. La voz se calló. Miranda limpió el cuchillo en su pantalón analizando la escena con orgullo. Sus ojos volaron de un lugar a otro con tanta rapidez como fue capaz, aquella otra voz le premiaba por haberlo hecho muy bien.
Se había levantado por un grito de auxilio. A un lado el frasco de pastillas destapado. Miró aquellas píldoras con asco. Las odiaba. Siempre la hacían dormir demasiado y muchas veces no sabía ni quién era. Se la pasaba dopada y como adormecida. Tenía muchos meses sin tomarla y en ocasiones engañaba a Alfonso, su marido, fingiendo que lo hacía. Además, sin medicina podía estar más alerta.
Caminó unos pasos mirando de reojo a su esposo dormir a su lado, las ojeras pronunciadas ocultaban la belleza que algún día la conquistó. Lucía cansado. No quería alertar por escuchar algo de lo que no estaba segura, así que simplemente salió de la habitación, no sin antes volver a mirar a su compañero para descartar que fuese él quien gritaba.
Escuchó el grito una vez más. Se desesperó. Sus manos volaron hacia su cabeza por el intenso dolor que se le extendía desde la nuca hasta el centro de su frente, nublando la mente, la razón, cegándola. Miró hacia todos lados y tras unos parpadeos lo vio. El animal sobre su marido, atacándolo.
«¿Acaso no lo ve?», se preguntó con el corazón en la garganta. «No, no, no. No puedo perder a mi amor», pensó con la angustia subirle al centro del pecho.
Se masajeó el centro de su corazón y luego de unas miradas desesperadas y gritarle al bicho que se fuera e intentar despertar a su marido, corrió a buscar con qué defenderlo. Miranda tenía que hacer algo. No podía quedarse sin hacer nada. No podía darle la razón a esas voces que la atormentaban diciéndole que no era una cobarde. Ella no era ninguna cobarde. Siguió trastabillando hasta llegar a la cocina. Sacudía la cabeza de un lado a otro y murmurando negativas tratando de dispersar esas desagradables voces que no la dejaban en paz. Le pedían que la dejara entrar.
«Entrar a dónde, no lo sabía. No estaba segura de que lo descubriría pronto», analizó.
Agarró lo primero que encontró. Respiró profundamente una vez y se dejó llevar. Llena de una seguridad pasmosa y una decisión inquebrantable, caminó. No se dejaría vencer. Se sacudió la angustia y fue al cuarto donde yacía su marido en reposo absoluto mientras ese animal raro intentaba comérselo o entrar sobre él. Miranda podía ver cómo el bicho intentaba alimentarse de su alma. Del alma de su esposo. Era Alfonso, el amor de su vida. Nadie se lo iba a quitar. Agarró el mango del cuchillo con fuerza y caminó dispuesta a salvarlo. Sería su salvadora. La amaría de nuevo.
Se sentó en la cama y se cegó.
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