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Penumbras

Penumbras Por Marián Briceño Las nueve y cincuenta de la noche marcadas en el reloj de pared le avisaba que faltaban apenas diez minutos para que acabara su turno. El repiqueteo constante de su bolígrafo sobre la mesa demostraba cuán cansada estaba y lo mucho que quería llegar a casa. Eva comenzó a sentir el miedo y la ansiedad correr por sus venas. El trabajo en la oficina, para ella, era solitario y a veces muy frustrante. Su vida era monótona y rutinaria. Consistía en despertar a las siete de la mañana, asearse, hacer el desayuno, salir de casa, agarrar el metro que la dejaba a dos cuadras larguísimas de su trabajo y luego sentarse a contestar llamadas hasta las diez de la noche. Caminar las mismas dos cuadras, esperar el metro y regresar a casa, hacer su almuerzo, cenar cualquier tontería y dormir. Entendía su soledad. La odiaba, pero era parte de su rutina. Una llamada más la sacó de su pensamiento. Estaba sola. En todo el lugar, lo único que se escuchó fue el tono de llamada más ...

Rumores

  Rumores Por Marián Briceño Pancho, ahí están los gritos otra vez. ¿Los escuchas? Eso es que de seguro la vecina le está reclamando al marido por mujeriego, ¿verdad? ¿Tú qué crees? Bueno, seguramente no crees nada, porque es que nunca respondes. Tienes tantos años sin hablarme que ya me preocupa que algo esté bien en tu cerebro, pero bueno. Creo que eso no es lo importante. ¿O tal vez sí y nunca hice nada al respecto? Pancho, ¿escuchaste? Eso seguro es que la mujer revisó el teléfono, consiguió algo y lo lanzó contra la pared. Yo sabía. Ese hombre siempre “tan tirado de santo”, el pobrecito, el mártir, y tantas veces que llegaba tarde y oliendo a azucena. ¿Que cómo lo sé? Bueno, porque desde la ventana podía olerlo, Pancho. Estoy segura de que sí. Y María Milagros, pobrecita, ella no huele así, ella huele a otras especies menos… floreadas, por decirlo así. ¿Nunca la oliste? ¡Pero qué pregunta! Tu no hueles, tienes muchos años que no hueles nada. ¿Te estás muriendo, Pancho? ¿Me vas...

El sabor de una despedida

  El sabor de una despedida. Por Marián Briceño Pude saborear el salado de las lágrimas que se salían de la comisura de mis ojos escapando de mi control. Pegué una mano al vidrio queriendo traspasarlo. No tenía que estar ahí, sabía que no era lo correcto. Sin embargo, era inevitable no hacerlo. La otra mano fue directo al pecho intentando serenar mi acelerada respiración.  «¿Me estoy quedando sin aire?», me pregunté mientras observaba cómo se alejaba de mí sin poder evitarlo. Sin poder hacer nada para remediarlo.  Un sordo gemido salió de la profundidad de mi garganta, mientras que más lágrimas continuaban su viaje hacia el canalillo entre mis pechos por la ansiedad de sentir que no tenía opciones ni estaba en mis manos hacerlo diferente. Tenía frío. Mucho frío. De ese que se cuela en tus huesos y te paraliza. 一Por favor, no te vayas, Sebastián 一susurré inaudible, empañando aquel detestable cristal que me separaba del amor de mi vida. Como cosa del destino, él volteó. Sus...

Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán.

  Un espíritu inquebrantable, por las que vendrán. Por Marián Briceño El aire se estaba acabando. Lo sentía en sus pulmones ardidos, en la forma en que cada vez le costaba más respirar. Inmóvil, intentaba no mover ni un músculo para ahorrar el poco oxígeno que le quedaba. Sin querer, lágrimas desesperadas y llenas de ansiedad le salían por la comisura de sus ojos que no distinguían más que negro y madera. En cada parpadeo veía destellos de luz. No podía respirar, le ardían los pulmones. Aspiraba seco. Gotas infinitas de sudor descendían por su rostro, pecho y espalda. Paulina pensó que con cortas bocanadas de aire lograría aguantar un poco más. No quería rendirse, pero era tan difícil. En el mundo hay personas como ella que se encuentran tan aferradas a la vida que no saben cuándo es el momento de someterse, de ceder el control. Giró la cabeza hacia la derecha y tras un suspiro entrecortado lo entendió. Estaba tan cansada. En 1800, las niñas bien educadas no podían sugerir nada que...

Somos niños perdidos...

  Somos niños perdidos... Marián Briceño «Bum. Bum. Bum. Bum». Mi corazón late con fuerza, tanta que lo escucho hasta en mis oídos. Puedo escuchar la respiración agitarse y ser consciente de los ligeros e involuntarios temblores de mis manos. Siento la bilis subir y bajar sin control. El sudor frío de mi frente es un recordatorio de la fiebre que debo controlar.  No sé cuánto tiempo llevo mirándome en el sucio y roto espejo. Sin moverme, detenida, como suspendida en el tiempo… mirando sin mirar. La bruma en mis ojos es tan intensa que más allá de mi reflejo solo veo una mancha borrosa que se confunde con las que ya tiene. Lágrimas siguen cayendo sin control, pero ya no me molesto en limpiarlas, las dejo fluir.  Un hipido se me escapa mientras me aferro al lavamanos con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos pese a la inmundicia de mis manos. Agacho la mirada conteniendo los gemidos. El dolor es tan intenso que no puedo respirar.  Alzo de nuevo la mirada e i...

Vicisitudes de un amor tóxico

  Vicisitudes de un amor tóxico. Marián Briceño Cristina vomitó por tercera vez, ¿o era la cuarta? en ese inodoro lleno de flujos y sustancias ilícitas 一y otras que quizás no tanto一. Ella sabía que debía salir de allí e irse a su casa. Sin embargo, sentía que no había poder humano en esta tierra ni en ningún universo paralelo que la levantara de allí. Era bastante consciente de que nadie más que ella era la responsable de encontrarse en ese estado. Su amiga Laura se lo advirtió. No obstante, cuando a una mujer terca y tóxica, como ella, se le mete entre ceja y ceja perseguir al ex, esas son las consecuencias que puede sufrir luego de intentar llamar su atención y descubrirlo “con las manos en la masa  «trasero» de otra”. No sabía dónde se había metido Mateo, pero había algo en ella que la empujaba a salir y buscarlo, como una desesperación que rozaba la ansiedad acelerando también su respiración. Si enfocaba su atención en otra cosa que no fuese el vómito, sabría que las manos...

El valor de decirte adiós

El valor de decirte adiós Marián Briceño 一Pero entendí que en esta vida no, mi amor. 一Leí en un susurro mientras ponía el punto y final a la carta de despedida que acabo de escribir. Con nostalgia inhalo el olor a madera y desinfectante del apartamento en un suspiro lleno de desasosiego. Mirando con despecho la hoja de papel, comprendí que es muy complicado decir adiós. Más de lo que pensamos, y a veces no queremos aceptarlo. Los seres humanos somos demasiado tercos, demasiado voluntariosos; pero eventualmente llega un punto en la vida... llámese momentos, circunstancias o experiencias en el que debemos entender, comprender y aceptar que nada es para siempre. Todo tiene un inicio y un final.  No quería levantarme de la mesa de la cocina. En realidad, me quedé perdida en el limbo observando aquellas ollas desiguales que colgamos en cualquier lugar del techo. Estábamos recién mudados. Sin conversar previamente, decidimos que ese sería nuestro espacio de libertad, de amor y creativida...