Una mente perturbada

 Una mente perturbada

Por Marián Briceño

Como todas las mañanas, Salvador preparaba una taza de café bien fuerte para empezar el día. Mientras colaba, él se quedaba mirando por la ventana aquella avenida poco transitada observando la escasa gente ir de aquí para allá con bastante prisa. En ocasiones se preguntaba por qué la gente iba tan rápido sin contemplar. Porque sí, él era un amante de la contemplación. Bien podría durar horas admirando un paisaje incluso por más de una vez. Además le encantaba el pueblo, porque aunque a veces fuese bastante indiscreto, Salvador tenía la virtud de ser muy querido por todos.


Esa mañana bebía de su humeante café, sentado en su butaca de tela favorita mientras pensaba en su día, en cómo sería y en sus actividades. Para él, todos los días eran iguales: cocinar, lavar, arreglar el frente, abrir su negocio de venta de dulces y luego el sótano. Le gustaba ir a ese lugar que tantísimos años había compartido con su amada Dulce. 


La nostalgia apretujaba su pecho cada vez que la recordaba. Dulce había sido su favorita. Sin embargo, ella lo dejó demasiado pronto. Su partida lo mantenía con un sabor desagradable que no quería seguir sintiendo. Salvador recordó esa fría noche que le pedía que aguantara, que le demostrara su amor, que se quedara con él, porque era una guerrera. Dulce lo pateaba, golpeaba y luchaba contra él y sus oscuros deseos. No fue suficiente. Se fue, eso sí, dejando como regalo su último aliento. Antes de partir le susurró palabras de odio que alimentaron su ego y orgullo por esas actividades extracurriculares que por amor realizaba. 


Dichas labores no eran aprobadas por la sociedad, claro que no. Para él, el mundo no estaba preparado para semejante mente. Si se escandalizaban por asesinatos, qué podrían decir de él, un anciano de 89 años que vivió toda su vida escondiendo mujeres en la oscuridad de su hogar con el único fin de entender por qué era tan difícil amarlo. 


Él era bueno. Iba a la iglesia del pueblo todos los domingos, ayudaba a causas sociales, era comprometido con los vecinos y hasta se apuntaba para voluntario en el asilo de ancianos.


Eso para la sociedad. Ahora bien, en el sótano, con Dulce, su Dulce fresa, también era clase aparte, incluso, en una oportunidad intentó hacer que le hiciera lo que él le hacía, pero vio el odio cargado de ansiedad en su mirada, las ansias de hacerle daño y eso fue lo que lo hizo desistir. Salvador nunca actuaba con odio, solo con amor. Todo lo que hacía era por amor. Al arte, a la vida, a la contemplación, a ella. 


Para Salvador era complicado entender por qué no lo amaban. Siempre dejó su pellejo por ellas. Las alimentaba, les dejaba un destello de luz entrar por la ventana, solo uno, porque dos era demasiado, ya que podría quemar esas suaves pieles que con tanto mimo cortaba para su placer. Siempre le dijeron que el sol era dañino por las enfermedades de piel. Ellas deberían estar más que agradecidas. Las cuidaba, las mimaba, las amaba. Y claro, cuando lo desobedecían o cuando ese corte no salía perfecto para su placer, las castigaba, tal y como le había enseñado su padre en la infancia.


Dulce se portaba muy bien. De hecho, todo en ella era perfecto, incluso cuando la dejaba desangrarse por horas y su rostro iba perdiendo color y vida. Era interesante contemplar el marrón de sus ojos perderse. Poder dominar esa línea delgada entre la vida y la muerte lo llenaba de orgullo. No obstante, esa noche no lo logró, Dulce se fue susurrando la palabra monstruo. Salvador se reía de solo recordarlo. No se consideraba como un monstruo. Era un hombre con deseos y pasiones, tenía anhelos. Era normal, todos lo tenían. Por eso perdió los papeles y tras una rabieta la dejo ir.  Sorprendentemente hasta lloró. Por ella, por todos los años que la amó. La había cortado, se desangraba y el admiraba con fascinación como su sangre caía por todas partes y como su cuerpo desnudo iba cambiando de color. Era increíble las sensaciones que experimentaba y lo que sus ojos veían. Hasta podría escribir una tesis para un forense. Sabía de memoria las pulsaciones. Sus oídos, ya viejos eran capaces de escuchar el deceso. El cambio de respiración. 


No entendía cómo osaba su Dulce llamarlo de esa manera. Por eso no supo controlarse y en vez de tapar esas heridas y aplicar suero en su vena para volver a hidratarla con un buen cóctel vitamínico, le tapó la nariz y la dejó ir. 


Cómo dolía. 


El golpe en su puerta lo saco de su ensoñación. Salvador dejó en la mesa conjunto la bebida ya helada y con parsimonia fue a atender el llamado. Se asomó por la ventanilla y la vió. A Dulce. Su hermosa mujer de cabellos castaños y ojos grandes de corderito. Dulce estaba allí, había vuelto para él. Dios lo había escuchado, por lo que antes de abrir la puerta y recibirla como merecía, se acomodó el cabello con un poco de saliva en su mano y se guardó el cuchillo que siempre tenía detrás de su puerta. Tras unas respiraciones pausadas y nerviosas, abrió. 


—Bienvenida de nuevo, mi Dulce.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

En la ventana

La pesadilla californiana